miércoles, 23 de diciembre de 2009

Las pseudovirtudes del occidente cristiano

Extraido de: http://www.escepticoscolombia.org/detalleContenido.php?id=articulo_pseudovirtudes
Autor: Hernán Toro - Escépticos Colombia

En la academia, sobre todo entre los filósofos, historiadores y teólogos, es popular la idea de que la Civilización Occidental evolucionó desde sus raíces y valores grecorromanos vigorizada por la influencia cultural del cristianismo que enriqueció el legado de Platón, Aristóteles y Cicerón. La religión cristiana habría complementado y afianzado la tradición Occidental, aportando valores fundamentales para las sociedades civilizadas modernas. En este sentido, se la ve como un aspecto necesario de la civilización actual.

Nada hay más lejos de la realidad; el cristianismo no construyó sobre las bases grecorromanas occidentales sino que las resquebrajó y las reemplazó por valores semíticos bárbaros. Basta comparar los principales ideales humanos y éticos de los clásicos con los que posteriormente impuso el cristianismo. Para los griegos y romanos, las virtudes máximas eran la sabiduría, la valentía, la moderación y la justicia. Por el contrario, el cristianismo, proclamó un nuevo conjunto de pseudovirtudes: fe, esperanza y caridad.

Estos valores son tan compatibles con los valores de la cultura grecorromana como lo son el agua y el aceite. La sabiduría, en el sentido de obtener conocimiento fiable sobre la realidad y pensar de forma crítica y racional, va en total contravía a la fe, consistente en una "gracia de Dios" que permite someter el intelecto a la autoridad y "revelación" divina, creyendo en lo desconocido y lo invisible, con certeza absoluta incluso en contra de la evidencia. Este supuesto "don divino" otorga al creyente la gracia de la "esperanza": otra "virtud" consistente en confiar en que la Divinidad nos alejará del mal y el sufrimiento de la existencia, y nos regalará una vida idílica posterior a la muerte si creemos en ella. Por supuesto, para obtener este "premio", el creyente tiene que someter su intelecto a unos "representantes" de Dios en la Tierra, que toman el lugar que debería ocupar el ausente Creador que nunca se manifiesta.

Los creyentes rinden así su intelecto a lo que dicen los pastores, sacerdotes, obispos, mullahs, y todo tipo de mercaderes de la fe, que generalmente se declaran infalibles: los pastores protestantes afirman que Dios les habla directamente, la Iglesia Católica declara infalible al Papa en cuestiones de fe cuando habla Ex-Cathedra, los Mullahs emiten Fatwas en nombre de Alá para asesinar a caricaturistas, escritores blasfemos y apóstatas, etc. El creyente, para no perder la "esperanza" en la vida eterna, obtenida en virtud de la "fe", termina aceptando como verdades infalibles, incuestionables e irrefutables todo lo que procede de los representantes de Dios en la tierra.

La fe y la obediencia ciega es la virtud suprema para todas las iglesias. Esa es la razón de que el paradigma cristiano y judío de la fe sea Abraham, quien está preparado para hacer cualquier cosa que pida Dios, hasta el punto de matar a su propio hijo inocente. La irracionalidad ciega de la fe, entendida como el sometimiento absoluto del individuo a Dios, se convierte en la virtud suprema proclamada por las iglesias, y es demostrada con la obediencia absoluta a la autoridad humana de los mercaderes de la fe que se autoproclaman "infalibles".

Nada hay más lejano del valor grecorromano de la sabiduría y el discurso lógico, que el pseudovalor de la fe irracional y el sometimiento del intelecto a individuos que se autoproclaman "representantes de Dios". El creyente puede tener todas las evidencias de que sus libros sagrados son ridículos, de que su "revelación" está repleta de mitos, mentiras y falsas profecías, de que sus valores son insostenibles, absurdos o incluso inmorales, de que buena parte de sus relatos no son históricos, de que las enseñanzas de sus líderes son más económicas, humanas y mezquinas que divinas y espirituales. .. aún así, someterán su razón a la credulidad y aceptarán por fe que lo que le dicen los mercaderes del misticismo: que lo que parece falso es en realidad verdadero aún en contra de las evidencias. Las consecuencias han sido aterradoras.

Los edictos de los infalibles papas causaron masacres injustificadas en judíos y musulmanes durante las Cruzadas para recuperar la "Tierra Santa". Su intolerancia aisló a los judíos europeos en ghettos, fueron obligados a vestirse de forma distintiva, les robaron sus propiedades y secuestraron a sus hijos para criarlos en la "verdadera fe". Los representantes de Dios en la tierra causaron la masacre de la Cruzada Albigense, en la que miles de "herejes" que cuestionaban la autoridad de la Iglesia o dudaban de su interpretació n bíblica fueron asesinados, incinerados y torturados por miles.

La misma infalibilidad en cuestiones de fe causó la tortura y muerte de miles de mujeres por ahogamiento y quema en hogueras, por acusaciones absurdas de "brujería" en las cuales no había la más remota evidencia. La Santa Inquisición, hoy renombrada como "Congregación para la Doctrina de la Fe", fue la derogación absoluta de la tradición occidental del Derecho Romano en la cual se basan los sistemas legales civilizados. Ignorando la total ausencia de pruebas, asumiendo de entrada la culpabilidad del acusado, y permitiendo la tortura atroz para obtener confesiones, centenares de clérigos inquisidores mandaron a sufrir muertes atroces a centenares de miles de personas, en la más flagrante violación al valor pagano de la justicia legal, gracias a la devoción más absoluta a Dios y a la rendición del intelecto a sus representantes inspirados.

El medioevo cristiano fue tal vez el peor asalto sostenido en contra de los más mínimos principios de justicia natural, decencia humana y consciencia ética que haya ocurrido en la historia.

Los creyentes religiosos suelen desdeñar estas masacres y abusos religiosos como "casos aislados" de algunas personas malas cometiendo crueldades que no se relacionan con la fe. Nada más alejado de la realidad: la fuente de todos estos males fue precisamente la fe. Por la investidura religiosa, los creyentes iban a las cruzadas, a cumplir sus deberes divinos de masacrar "moros" y "deicidas", y "marranos". Por estar supuestamente aliadas con "Satán" en contra del "Dios verdadero", miles de mujeres inocentes padecieron suplicio debido a la imaginaria hechicería. Es que sólamente la fe puede hacer que personas honestas y bienintencionadas terminen cometiendo las peores atrocidades contra de la misericordia y la decencia humana, mientras mantienen una conciencia "limpia". El mismísimo Santo Tomás de Aquino defendió la Inquisición, la persecución de los Judíos, y la quema de brujas, porque su fe lo requería.

La fe necesita la certeza, pero en el fondo está consciente de su fragilidad. Nada peor que los argumentos de los incrédulos y de los blasfemos, porque pueden hacer perder la imaginaria "vida eterna"; es que la simple existencia de los impíos puede poner en peligro a los creyentes... Por eso los jerarcas religiosos fomentan en los creyentes actitudes de "no exponerse a riesgos innecesarios", de ignorar la "literatura no edificante", de "abstenerse a debatir con los que creyéndose sabios se hacen necios", de censurar la información, entre otras posturas que son las herederas del silenciamiento criminal de la oposición en mil años de cristianismo medieval. Esto contrasta con el claro valor del debate abierto y libre, de la argumentación racional, y de la crítica contundente que hizo tan famosa al ágora griega y a los grandes oradores de la tradición romana.

Lejos de ser una virtud que enriquezca la tradición occidental, la fe es un cáncer que la corrompe. Hay gran diferencia entre la confianza merecida y bien ganada por una persona o una institución, justificada por la experiencia, las evidencias y el buen juicio, por un lado y, por otro lado, la fe ciega exigida por una sarta de instituciones religiosas que se autoproclaman representantes infalibles de Dios, que prohíben la crítica racional a sus dogmas primitivos e irracionales y que causan los peores oprobios a la libertad, la racionalidad, y los derechos humanos, a lo largo de la historia.

En el campo de la justicia, el cristianismo propugnó otro valor mediocre: la caridad. La caridad es una pseudojusticia lisiada: apela al amor entre congéneres para fomentar el bienestar de los demás, sin exigirlo enérgicamente sino "libremente, por buena fe" apelando a la fútil misericordia y buena voluntad. La caridad "voluntaria" entorpece el imperativo moral de luchar por una sociedad incluyente e igualitaria. La justicia social, basada en el ideal romano de la la justicia y en la solidaridad humana natural, cuando se instaura legalmente por las sociedades civilizadas, y se impone estatalmente, puede lograr mucho más bienestar público que el que se puede obtener cuando se apela a los "buenos sentimientos" de los segmentos ebrios de poder. Bastaría imaginarse lo que pasaría con la inversión estatal social, si de buenas a primeras los impuestos dejaran de ser obligatorios y se dieran libremente, "por caridad".

El estado, con justas medidas legales impositivas, debe defender el derecho de todo ciudadano a satisfacer sus condiciones mínimas de bienestar, salud, educación y trabajo. Esto debe hacerse no por "amor", "caridad", o por "ver a Cristo en los demás" (como lo verían los inquisidores cuando torturaban a su rebaño). Se debe lograr por justicia social, que es un derecho humano y una obligación estatal. La caridad es una forma de camuflar y entorpecer la obtención plena de un derecho humano y una obligación social.

La conclusión es obvia: la cristiandad no complementó a la tradición occidental, sino que la adormeció durante mil años. Sólo tras el regreso del secularismo se fueron redescubriendo los valores que el sopor místico mantuvo en letargo durante un milenio. La sociedad occidental moderna podría estar adelantada mil años - ¡ un milenio ! - en descubrimientos médicos, formas de transporte, distribución alimentaria, aumento de esperanza de vida, cobertura de servicios públicos y conocimiento, entre otras cosas, de no ser por el ocaso que le causó la adopción del misticismo oriental semita al mundo grecorromano.

Vanagloriarse de una "certeza absoluta" en ausencia de todo tipo de evidencia es la antítesis de la sabiduría y la racionalidad griega. Fomentar la caridad limosnera durante el milenio de persecución religiosa de la inquisición, y hoy día en un país con inequidad, masacres y una clase dirigente corrupta que respalda a criminales de lesa humanidad, es lo opuesto a la justicia y el Derecho Romano. Poner la esperanza de la humanidad en una vida postmortem de fantasía que habría de darnos un papá-amigo imaginario, en vez de propender por el esfuerzo humano concertado para mejorar la sociedad educándola de forma racional, ética y científica para el progreso es lo contrario a la tenacidad y la valentía de la tradición occidental.

En vez de ser una mejora a las virtudes paganas de la sabiduría, coraje, moderación y justicia, las "virtudes" cristianas de la fe, la esperanza y la caridad, destruyeron el entendimiento pagano de la excelencia humana y subvirtieron las civilizaciones de Grecia y Roma.



Notas.

[1] Inspirado en el artículo "Faith, Hope and Charity", por Shadia B. Drury, publicado en Free Inquiry, Vol.27, No. 5, Agosto-Septiembre de 2007.

3 comentarios:

Johnny dijo...

Hola, me gustaría saber que opináis sobre como voy a hacer los post a partir de ahora, los quiero complementar con un vídeo, explicando ciertas cosas que si las escribo quizás sean un poco largas y pesadas de leer.

Quiero hacerlo a modo de introducción para que luego al leer todo el post, quede mas claro y menos tedioso de leer y procuraré poner cuantas mas pruebas gráficas mejor, ya que esas entran primero que las escritas y no hay duda.

P.S. estoy ansioso de saber vuestras opiniones.

Un saludete.

Isaak Asino dijo...

Impecable, Telecansino. Para enmarcar y colgar.

Un saludo cordial.

Liberator dijo...

Muy buen artículo, sí señor. Quedaría añadir que el cristianismo se opuso siempre al desarrollo de la matemática, dado que la razón era un obstáculo para la fe.