miércoles, 22 de septiembre de 2010

Dawkins responde al papa por la infame vinculación del ateísmo con el nazismo

Extraido de: http://blog-sin-dioses.blogspot.com/2010/09/dawkins-responde-al-papa-por-la-infame.html

Gracias a Diego Lecca, del blog "Su nombre en vano", tenemos disponible en castellano la respuesta de Richard Dawkins a la infame vinculación de nazismo con ateísmo que hizo Benedicto XVI en su viaje al Reino Unido.

(Invitamos también a leer la entrada "¿Extremismo ateo? ¿a qué se refiere Benedicto?")

Esta fue la declaración leida en una marcha contra el papa:

Al comienzo estaba tan indignado como cualquier otra persona debido a las palabras del Papa apenas llegó a Inglaterra, culpando a los ateos de las atrocidades de Hitler y otras en el siglo XX

Pero luego me alegré por eso, pues me pareció que de alguna forma, lo habíamos hecho tambalear tanto, que se estaba viendo forzado a cometer la ignominia de atacarnos para distraer la atención de los verdaderos crímenes que se cometen en el nombre de la iglesia católica.

Tan solo puedo imaginarme… tan solo puedo imaginarme las discusiones en los corredores del Vaticano “¿Cómo los vamos a distraer de los abusos sexuales a niños?”

Y vino la respuesta: “Por qué no atacamos a los secularistas, por qué no atacamos a los ateos? ¿Por qué no los culpamos por Hitler?”

Hitler, Adolf Hitler era católico

Fue bautizado, nunca renunció a su bautizo. El número de 5 millones de católicos británicos aparentemente viene del número de bautizados. Yo no me lo creo, ni una palabra, no creo que haya 5 millones de católicos. Quizás 5 millones que hayan sido bautizados. Pero si la iglesia quiere contarlos como católicos, entonces tiene que contar a Hitler como católico.

Al menos, Hitler creía en una providencia personificada, varias veces habló de ella, y es presumiblemente la misma providencia que fue invocada por el arzobispo de Munich en 1939 cuando Hitler escapó de un intento de asesinato, y el cardenal ordenó un Te Deum especial en la catedral de Munich, y cito, “para agradecer a la divina providencia, en el nombre de la arquidiócesis, por el afortunado escape del Fuhrer”

Voy a leer un discurso, dado en Munich, el corazón la Bavaria católica en 1922, y les dejo que adivinen quién la dio:

Mi sentimiento como cristiano me dirige a mi Señor y salvador, como un luchador. Me dirige como el hombre que once vez en soledad, rodeado por unos cuantos seguidores, reconoció a estos judíos por lo que eran y convocó a muchos para luchar contra ellos y, por Dios, fue el más grande, no como alguien que sufría, sino como un luchador.

En mi amor sin límites como cristiano y como hombre, he leído los pasajes que nos narran como el Señor al final se dirigió con todo su poder y empuño el látigo para echar del Templo a ese grupo de víboras y estafadores.

Cuan grande fue su pelea por el mundo en contra del veneno judío.

Hoy, luego de 2000 años, con profunda emoción reconozco más profundamente que nunca el hecho del por qué tuvo que ser Él quien derramara Su sangre en la cruz.

Esta fue uno de tantos discursos de Adolf Hitler, además de pasajes en Mein Kampf, donde Adolf Hitler invocaba su propio cristianismo católico. No es de extrañar que recibiera u cálido apoyo de parte de la iglesia católica en Alemania.

Incluso si Hitler hubiese sido un ateo, cómo se atreve Ratzinger a sugerir que el ateísmo tiene alguna conexión con sus horribles acciones. Sin importar la falta de creencia de Hitler y Stalin en duendes y unicornios, sin importar si tienen un bigote, como Franco o Saddam Hussein, no hay ninguna relación lógica entre su ateísmo y su maldad.

A menos, claro, a menos, que estés sumergido en la vil obscenidad en el corazón de la teología católica. Me refiero a la doctrina del pecado original.

Esta gente cree, y le enseñan a niños pequeños, al mismo tiempo que les enseñan el terrorífico concepto del infierno, que todo bebé nace en pecado.

Ese es el pecado de Adán, por cierto, Adán, quien ellos mismos admiten ahora que nunca existió.

El pecado original significa que desde el momento que nacemos somos malvados, corruptos, maldecidos, a menos que creamos en su Dios, o a menos que caigamos en el premio del paraíso y el castigo del infierno.

Eso, señoras y señores, es la despreciable teoría que los lleva a asumir que fue la falta de creencia lo que hizo de Hitler y Stalin los monstruos que eran. Todos somos monstruos a menos que Jesús nos salve.

Qué asquerosa, depravada e inhumana teoría como para basar nuestra vida en ella.

Joseph Ratzinger es un enemigo de la humanidad. Es un enemigo de los niños cuyos cuerpos ha permitido sean violados y sus mentes sean llenadas con culpabilidad.

Es vergonzosamente claro que la iglesia está menos preocupada por salvar los cuerpos de los niños de los violadores, que por salvar las almas de los sacerdotes del infierno. Y más preocupada por la reputación a largo plazo de la iglesia misma.

Es un enemigo de los gays, dirigiendo hacia ellos el mismo tipo de intolerancia que su iglesia usaba en contra de los judíos antes de 1962.

Es un enemigo de las mujeres al no permitirles el sacerdocio, como si un pene fuese una herramienta esencial para las tareas pastorales.

Es un enemigo de la verdad, promoviendo mentiras sobre que los condones no protegen contra el SIDA, especialmente en Africa.

Es un enemigo de la gente más pobre de la Tierra, condenándolos a tener grandes familias que no pueden sostener y de esa forma mantenerlos bajo el yugo de la pobreza perpetua. Una pobreza que mira de lejos la obscena riqueza del Vaticano.

Es un enemigo de la ciencia, obstruyendo investigaciones vitales sobre células madre arguyendo no con moral, sino con supersticiones pre-científica.

Ratzinger es incluso un enemigo de la iglesia de la Reina, faltándole el respeto arrogantemente a las ordenaciones anglicanas como, cito, “absolutamente nulas y sin valor”, mientras que al mismo tiempo tratando desvergonzadamente de reclutar vicarios anglicanos para cubrir su patético descenso en ordenaciones sacerdotales.

Finalmente, quizás la preocupación más importante para mí, Ratzinger es un enemigo de la educación. Fuera del daño psicológico de por vida causado por el miedo y culpa que ha hecho infame a la educación católica alrededor del mundo, él y su iglesia han impuesto la perniciosa doctrina educativa que la evidencia es menos confiable para creer, que lo es la fe, la tradición, la revelación y la autoridad.

Su autoridad.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El universo no requiere de una primera causa (pero nosotros seguimos obstinados)

Extraido de: http://www.sindioses.org/colGlenys/glenys20100905.html

En nuestro mundo la vida inicia y termina. Observamos que los animales nacen y luego los vemos morir, es la norma; cualquier desviación de ella la llevamos a las pantallas para nuestro entretenimiento o la convertimos en creencias. Para esos originales primates de características homíninas que emprendieron aquel viaje tan valioso para la evolución del Homo sapiens, el inicio y el término de las cosas, la norma, lo era todo; el infinito y la nada tenían tanto sentido para nuestros primigenios ancestros como el concepto de la dualidad subatómica para un recién nacido. Por ello, es preciso ponerse en los pies de aquel primer individuo que alzó la vista a los cielos y pensó, “¿pero qué es todo esto?” para comprender por qué contamos hoy con tantos datos sobre el Cosmos y por qué, a pesar de ello, aún no logramos aceptarlo como es, sin antropomorfismos.

Aquellos primeros observadores de la naturaleza lo hicieron para sobrevivir. Conocer el medio es vital para la vida de cualquier animal, eso es innegable. Un niño educado en el siglo XXI sabe, al observar una planta, el proceso por el cual los fotones del Sol se convierten en la sangre vegetal llamada clorofila que sustenta sus hojas y permite que el niño, a su vez, convierta el fruto de ese proceso en energía para su cuerpo. El niño cromagnon que buscaba alimento con su familia no conocía esa realidad, mucho menos se hubiese imaginado que la luz que bañaba su rostro aquel día estaba compuesta de unas partículas subatómicas cuya dualidad fastidiaría las neuronas de millones de sus descendientes. Pero sí sabía que tenía que comer, que el hambre es dolorosa y que las frutas y las carnes lo hacían sentir bien. Así, nuestras primeras incursiones a las explicaciones sobre el mundo fueron impulsadas por emociones e instintos pues no teníamos mucho más donde morder; sobrevivir ocupaba la mayor parte de nuestro tiempo.

Pero nuestros antepasados desarrollaban una cada vez más compleja herramienta: el lenguaje. Con esta habilidad, nuestra sed por contar y escuchar historias, entre muchas otras cosas, se hizo evidente. Pensar y narrar nuestras tradiciones y las del mundo dio paso a nuevas preguntas, el espacio personal al que estábamos acostumbrados se ensanchaba gradualmente cada vez que escuchábamos narraciones sobre lugares lejanos y personas que jamás llegaríamos a conocer. Como en aquel libro de Mario Vargas Llosa, El hablador, que cuenta la historia de un narrador ambulante de la tribu Machiguenga en la amazonía peruana y del valor que tenían esos relatos que traía y llevaba a todos aquellos grupos aislados.

Así se fue colmando el mundo de historias y leyendas. El pensamiento mágico, que caracterizaba nuestra percepción ingenua aún sin datos dignos de conclusiones racionales, se apoderó de la ideología humana y convirtió en hábitos las creencias. Demorarían los momentos en que la filosofía y la ciencia alumbraran el camino una y otra vez, pero sería siempre tarde, para entonces, millones habían fundado sus imperios en supersticiones que defenderían con una intensidad que aún no muere, a pesar de que en la actualidad, los descubrimientos científicos brindan al homo sapiens una base empírica sobre la cual construir una idea objetiva del mundo.

“Los poetas dicen que la ciencia le resta belleza a las estrellas al llamarlas meros globos de gas. Yo también puedo ver y sentir las estrellas en una noche desértica pero ¿veo yo más o veo menos?”

Richard Feynman veía más, definitivamente; cualquier entendido del tema advierte mucho más pues conocer te abre los ojos, saber te engrandece en el más humilde sentido de la palabra. Hoy, los que se niegan a conocer porque sus vidas, en mayor o menor grado, están basadas en supersticiones (las de ellos mismos o las de los demás) continúan propagando historias hincadas en el pensamiento mágico y en seres y fenómenos sobrenaturales que nos sitúan en un lugar especial en el mundo. La cruda y grandilocuente realidad es otra muy distinta. El ser humano no es el centro del Universo, de hecho, no existe un momento en el tiempo o el espacio más relevante que otro, el cosmos es indiferente a nosotros, al planeta, al sistema solar y la Vía Láctea, comprender su funcionamiento es una tarea que satisface la curiosidad humana y nos permite avanzar como especie, a lo mejor salvarnos de nosotros mismos, de ser animales finitos en un mundo que aún no comprendemos en su totalidad; pero no tiene que ver con el universo. El cosmos tenía miles de millones de años existiendo antes de que nosotros evolucionáramos en esta insignificante región, si eso no te dice algo sobre la nimiedad de nuestra existencia, y también sobre su espectacularidad, poco lo hará.

Pero intentémoslo: “La singularidad de la gran explosión en nuestro espacio temporal es la singularidad de un agujero negro en otro espacio temporal y este último espacio temporal tiene una singularidad de gran explosión que es la singularidad de un agujero negro en un tercer espacio temporal; y así ad infinitum. Esta hipótesis, yo argumento, explica la existencia, las condiciones iniciales y las constantes físicas básicas de nuestro Universo”.

A que resulta mucho más fácil imaginar el pálido punto azul que es nuestro planeta visto desde millones de kilómetros de distancia y explicado por las racionales palabras de Carl Sagan, que zambullirse en las asombrosas explicaciones sobre el origen del universo del filósofo Quentin Smith (http://www.qsmithwmu.com/) de la Universidad de Michigan, quien piensa que la cosmología de la gran explosión y la cosmología cuántica confirman el ateísmo. Smith asegura que es imprescindible considerar una visión metafísica sobre el Universo, en el sentido de dar explicaciones basadas en probabilidades y modelos más que en evidencias duras, ya que todavía carecemos de la tecnología necesaria para obtenerlas. Por supuesto, no todos están de acuerdo con su visión, muchos decidimos esperar por las evidencias antes de apostar por una cadena infinita de agujeros negros y grandes explosiones aunque, indudablemente, tiene más sentido que pensar que el cosmos surgió de la nada y gracias a un creador, especialmente luego de que la cuántica frustró la nada y nos la devolvió repleta de remanentes de energía. La tabla periódica de la física es una muestra de todos los hilos que componen el lienzo que es el cosmos; y seguimos buscando, colisionando lo más pequeño que existe para ver qué hay dentro y qué tan profundo podemos llegar. Hasta el momento, siempre hay energía, ni siquiera el vacío está completamente vacío. ¿Cómo podría existir la nada?, se preguntaban algunos filósofos, a quienes hasta el cero les resultaba sospechoso, si la nada existiese fuese algo y si es algo ya no es nada. Y si un creador produjo el Cosmos de esta supuesta nada, ¿qué era él entonces y dónde se encontraba? Y, ya que estamos, ¿qué causó al creador? Afortunadamente, estas preguntas ya no son ni siquiera necesarias.

“La idea de una Primera Causa suena algo sospechosa bajo la luz de la teoría moderna de la mecánica cuántica. De acuerdo con la más aceptada interpretación de esta mecánica, partículas subatómicas individuales pueden comportarse de formas impredecibles y existen numerosos eventos al azar que ocurren sin causa alguna”, escribió en su libro Aquiles en el mundo cuántico el físico, autor y poeta estadounidense Richard Morris.

A pesar de que no necesitamos causa alguna, ni el concepto de dios o de una nada inexistente para explicar el universo, la física ha intentado exponer por qué sus leyes son como son, por qué hay cuatro fuerzas y nos dos o diez. Por qué la materia le ganó a la antimateria, por qué el valor de la constante de la estructura fina es ese y no otro, por qué, por qué, por qué. Son preguntas válidas en la psicología humana pero no tienen sentido alguno para el universo; el cosmos responde con medidas, podemos averiguar cómo ocurrió, cuándo y dónde, podemos analizar los mecanismos que lo hacen así, pero el por qué de un universo no tiene sentido en cosmología.

Evidentemente, para que existiésemos, las medidas apropiadas debían darse. Pero esas medidas no están allí con el propósito de que nosotros aparezcamos, es más bien al revés, existimos gracias a que son de ese modo y no de otro. Los seres humanos somos un yoctoaccidente en este portentoso mundo y no vale cuántas veces preguntemos por qué; ni siquiera Stephen Hawking está ya interesado en ese tipo de metafísica espiritual. El popular físico, luego de escribir en su libro Una breve historia del tiempo publicado en 1988 que “un universo originado por una Gran Explosión no excluye un creador”, ahora asegura que en las leyes de la física se encuentra la explicación para lo ocurrido y que no hay necesidad de un concepto divino.

Por supuesto que no la hay, de hecho y en mi humilde opinión, es más difícil explicar cómo él no había alcanzado esa conclusión antes. Sin embargo, las historias creacionistas actuales todavía se empeñan en explicar el mundo basadas en esos términos prehistóricos y negando, selectivamente, el progreso científico.

Pero hoy estamos más unidos que nunca. La red se ha convertido en nuestro perfecto “hablador” moderno con la capacidad para unir a todas las tribus terrestres. Hemos avanzado tanto que existe ahora la esperanza de poder conocer el origen de todo algún día, no es presunción, sólo una forma de leer e interpretar nuestro pasado y presente. Es indudable que somos animales finitos vulnerables a extinciones masivas y, precisamente, en ese momento en que desaparezcamos, la idea de dioses creadores desaparecerá con nosotros pero no así el valor de la constante Alfa; 1/137.036 continuará siendo el mismo, aún no se llame Alfa, aún existan o no individuos que la midan y se pregunten mil veces por qué.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Descubren cómo la acupuntura alivia los dolores

Extraido de: http://www.bioblogia.com/2010/06/descubren-como-la-acupuntura-alivia-los-dolores/

Mucho se ha investigado sobre los efectos moleculares de la acupuntura para poder impulsar el impacto de este tratamiento en la medicina actual. Los científicos han dado otro paso importante hacia la comprensión de cómo las agujas que se ponen en el cuerpo pueden aliviar el dolor.

En un artículo publicado en Nature Neuroscience, un equipo de la Universidad de Rochester Medical Center en Nueva York identificó a la molécula adenosina como un actor central en algunos de los efectos de la acupuntura en el cuerpo. A partir de ese conocimiento, los científicos fueron capaces de triplicar los efectos beneficiosos de la acupuntura en ratones mediante la adición de un medicamento aprobado para tratar la leucemia en las personas.

La investigación se centra en la adenosina, un compuesto natural conocido por su papel en la regulación del sueño, por sus efectos sobre el corazón, y por sus propiedades anti-inflamatorias. Pero la adenosina también actúa como un analgésico natural, llegando a ser activo en la piel después de una lesión para inhibir las señales nerviosas y aliviar el dolor de una manera similar a la lidocaína.

En el estudio actual, los científicos encontraron que este producto químico es también muy activo en los tejidos más profundos afectados por la acupuntura. Los investigadores analizaron los efectos de la acupuntura sobre el sistema nervioso periférico (los nervios de nuestro cuerpo que no son parte del cerebro) y la médula espinal. La investigación muestra que en el sistema nervioso central, la acupuntura crea señales que hacen que el cerebro produzca naturalmente las endorfinas analgésicas.

“La acupuntura ha sido un pilar del tratamiento médico en ciertas partes del mundo durante 4.000 años, aunque no se ha entendido por completo porque muchas personas han permanecido escépticas”, dijo Nedergaard, co-director del Centro donde se llevó a cabo la investigación.

“En este trabajo, se entrega información acerca de un mecanismo físico por el que la acupuntura reduce el dolor en el cuerpo”, añadió.

Para realizar el experimento, el equipo realizó tratamientos de acupuntura en los ratones que tenían molestias en una pata. Los ratones recibieron un tratamiento de acupuntura de 30 minutos en un punto de acupuntura muy conocido cerca de la rodilla, con agujas muy finas se giraron suavemente cada cinco minutos, tal como se hace en los tratamientos de acupuntura estándar con las personas.

El equipo realizó una serie de observaciones relativas a la adenosina:
  • En los ratones con niveles normales de funcionamiento de la adenosina, la acupuntura redujo el malestar en dos tercios.
  • En ratones mutantes carentes de los receptores de adenosina la acupuntura no tuvo ningún efecto.
  • Cuando la adenosina, estuvo presente en los tejidos, el malestar se redujo incluso sin acupuntura.
  • Durante e inmediatamente después de un tratamiento de acupuntura, el nivel de la adenosina en los tejidos cerca de las agujas fue 24 veces mayor que antes del tratamiento.

Una vez reconocido el papel de la adenosina, el equipo investigó los efectos de un medicamento contra el cáncer llamado desoxicoformicina, que dificulta la eliminacion de la adenosina del tejido. El compuesto impulsó los efectos del tratamiento con acupuntura de manera espectacular, casi triplicando la acumulación de adenosina en los músculos y más que triplicar el tiempo que el tratamiento fue efectivo.

Referencia

Nanna Goldman, Michael Chen, Takumi Fujita, Qiwu Xu, Weiguo Peng, Wei Liu, Tina K Jensen, Yong Pei, Fushun Wang, Xiaoning Han, Jiang-Fan Chen, Jurgen Schnermann, Takahiro Takano, Lane Bekar, Kim Tieu, Maiken Nedergaard. Adenosine A1 receptors mediate local anti-nociceptive effects of acupuncture. Nature Neuroscience, 2010; DOI: 10.1038/nn.2562