jueves, 27 de enero de 2011

Libertad de elección

Extraido de: http://cnho.wordpress.com/2011/01/27/libertad-de-eleccion/

La sociedad actual ha convertido el relativismo en la filosofía de su existencia, abrazando una malentendida tolerancia ante prácticamente cualquier cosa que no sea considerada políticamente incorrecta. En realidad se trata de un relativismo parcial, aceptándose como inviolables determinadas premisas culturales a la par que se consideran totalmente opinables otras de igual o mayor importancia. Así podemos encontrar que nadie considera justificable el castigo físico a la infancia, mientras se aplaude la libertad paterna para no vacunar a un hijo frente a una enfermedad mortal.

De igual forma, solemos coincidir en que la escuela debe educar basándose en la igualdad y el respeto entre todos los seres humanos, pero se celebra que una llamada “libertad religiosa” permita inculcar ideologías sexistas, xenófobas y teocráticas desde esa misma escuela. Un profesor que cuestione la igualdad entre los sexos será públicamente inmolado, pero se aplaudirá su mente abierta si se dedica a propagar las capacidades curativas del agua homeopática o el masaje energético oriental sobre el cáncer de mama.

Llevado a extremos legales, se acepta como indiscutible que el Estado deba intervenir si un padre propina una paliza a su hijo. Sin embargo, obligar a ese mismo padre a evitar que su retoño sea pasto de infecciones con mayores consecuencias que la intolerable paliza, sería propio de fascistas inquisidores. Y no dude el lector que tales serán los adjetivos que se le serán inexorablemente aplicados, si acaso osa insinuar que ciertos comportamientos deberían regularse de igual forma que otros universalmente rechazados.

Si usted argumenta porqué el creacionismo no tiene cabida en las clases de ciencias, que las pseudomedicinas no deberían ser financiadas con dinero público o que la televisión no tendría que dar la misma credibilidad a un estudio científico que a los desvaríos de un iluminado, se encontrará ante todo un kit de calificativos entre los cuales, lo mínimo que pueden llamarle es “intolerante”. No obstante, rara vez quedará la cosa ahí: lo más normal es que tal adjetivo sea religiosamente acompañado por otros como “totalitario”, “antidemocrático” o “partidario del pensamiento único”. Atendiendo a la impecable Ley de Godwin, la cosa continuará con descalificaciones del tipo “fascista” y “nazi”. En un porcentaje significativo de las discusiones, acabaremos siendo acusados de quemar a Galileo (que por otro lado nunca ardió) y de alternar de tú a tú con Tomás de Torquemada.

Existe otro factor igualmente generalizado en esta tendencia relativista-alternativa: si algo es defendido por las autoridades -sean políticas, sanitarias o económicas- significa que es mentira. Obviamente, el poder político no se caracteriza por su credibilidad, mejor no hablar de la honestidad de las élites económicas y pocos estarán en desacuerdo con que el negocio sanitario de las multinacionales farmacéuticas es completamente inmoral. Ahora bien, esto no significa que todo lo que provenga del “establishment” es falso y, mucho menos, la extrapolación de que algo universalmente aceptado es un bulo para engañar a la población.

ue la Tierra gira alrededor del Sol es un hecho demostrado más allá de toda duda razonable. Todas las autoridades y organizaciones educativas y científicas lo aceptan, reflejándolo en sus planes escolares y en sus protocolos de investigación. Indudablemente, uno es libre de pensar que nuestros sentidos, nuestros instrumentos, nuestros cálculos y por supuesto nuestras autoridades nos engañan, nadie nos impide creer que la Tierra es un peñasco fijo en el centro del universo, a pesar de que toda la realidad se haya confabulado para aparentar lo contrario. Ahora bien, llamar a eso “libertad de elección” me parece, al menos, demasiado grandilocuente.

Es al contrario: la razón fue la que derrotó la concepción ptolemaica primitiva que consideraba a la Tierra el centro estático del cosmos. Ser hoy día geocéntrico no es ser crítico, es deshacer el camino andado.

Confundir escepticismo con estupidez

Una cosa es dudar de todo, plantearte cualquier afirmación y preguntar por sus bases, y otra muy distinta es rechazar una explicación racional para abrazar una teoría conspiranoica sin ningún apoyo empírico más allá de la secta de iluminados correspondiente.

Veamos un ejemplo: ante la tesitura de vacunar o no a mi prole, puedo mostrar (debo mostrar, mejor dicho) una postura crítica ante toda información que me llegue. Debería ser escéptico tanto sobre lo que me cuenta mi médico como sobre lo que afirma Teresa Forcades. Por poco que lea, podré comprobar que en aquellos países con índices de vacunación más altos hay menos muertes en la infancia. Es más, puedo constatar que en países del tercer mundo en los que se han llevado a cabo campañas de vacunación sin acompañar con la higiene y la alimentación propias de los países desarrollados, el número de víctimas desciende drásticamente. También puedo estudiar los fundamentos de las vacunas, así como los resultados de los estudios clínicos realizados; ambos garantizan que las ventajas superan con creces a los inconvenientes.

Los partidarios de la no vacunación esgrimen que estos resultados son falsos, incorrectos o -al menos- inexactos, y que las vacunas producen más daño que beneficio. Bien, podría pensar que las autoridades, los médicos, las ONG y los periódicos están confabulados para engañarme y tratar de hacer una pequeña “experimentación” a mi alcance: de todos los niños del colegio donde llevo a los míos, los cuales están vacunados en su práctica totalidad, ninguno ha sufrido autismo, epilepsia o muerte tras la vacuna. Es más, están tan pichis y sin pasar el sarampión. Ampliando el círculo, no conozco a ningún hijo de mis vecinos, de mis amigos o de mis familiares que haya sufrido una paraplejia o una muerte súbita tras la triple vírica. Aunque en uno de los trípticos informativos, un movimiento antivacunación me muestra que en 1972 un niño afroamericano sufrió una parada cardiaca tras vacunarse de la viruela.

Podría inclinarme, tras este análisis, a pensar en una conspiración medico-político-científico-económica internacional que implica además a todos los médicos de cabecera, pediatras y organizaciones no gubernamentales de ayuda al tercer mundo. Es más, puedo considerar que mi desconocimiento de muertes por vacunación en mi entorno es mera casualidad, mientras en el barrio de al lado caen como chinches sin que yo lo sepa (obviamente, los periódicos no lo revelan porque están confabulados con el grupo anterior). Podría hacerlo, sin duda. Ahora bien, llamar a eso “espíritu crítico” me parece tan exacto como denominar “ejercicio de libertad” el geocentrismo.

La verdadera libertad de elección

Pero la realidad es que las vacunas sí tienen efectos secundarios. Desde un leve enrojecimiento de la piel, hasta reacciones adversas que pueden producir la muerte. Sí, la muerte. De igual forma que la enfermedad que previenen puede resultar no ser mortal o ni siquiera contraerse. No solemos conocer personalmente esos casos porque se dan muy raramente, pero ocurren.

¿En qué quedamos entonces? Pues en que tomar una decisión racional no es fácil. Hace falta conocer muy bien el tema sobre el que decidimos, y cuanto mayor sea nuestro desconocimiento, mayores probabilidades de que realmente estemos eligiendo al azar. Sin embargo, el hecho de que decidir sea difícil no significa que sea válida cualquier opción. Así, la alternativa que suele plantearse es “una vacuna tiene riesgos mortales, mientras que no es nada seguro que mi hijo contraiga el sarampión y, si lo hace, es muy improbable que muera”. Tan lógico puede parecer vacunar como no vacunar al niño.

Sin embargo, el error proviene de un análisis incompleto. Para sopesar ambas alternativas hay que enfrentar probabilidades. Si la probabilidad de que el niño muera a consecuencia de la vacuna es una entre diez millones y la de que lo haga por contraer el sarampión y no superarlo es de una entre un millón, las opciones no parecen ahora igual de lógicas. ¿De verdad elegirías exponer a tu hijo a diez veces más posibilidades de morir? ¿Llamarías a eso “ejercer tu libertad como padre”?

Soy de los que pienso que las leyes sirven de poco. Y a pesar de que pueda estar a favor de la vacunación obligatoria, no creo que eso sea una solución en sí misma. La única garantía para optar racionalmente ante un dilema es la que ya expuse más arriba: tener los mejores conocimientos posibles o al menos saber donde buscarlos. Y eso no se consigue legislando, sino educando.

Aún así, elegir sigue siendo difícil por mucha información y formación que acumulemos. Las estadísticas son, al fin y al cabo, generalizaciones orientativas que no nos aseguran que nuestro hijo no vaya a ser ese caso peculiar entre los diez millones; nuestros conocimientos científicos son siempre provisionales, y nunca estaremos seguros de que un medicamento no muestre efectos indeseados años después de aplicarse.

Y es que no existen las verdades absolutas. Ni siquiera en el caso del movimiento de la Tierra. Hay distintas opciones, algunas con más peso que otras, pero nada más. La libertad no consiste en elegir. La libertad no consiste en hacer lo que nos de la gana. La verdadera libertad es aquella que nos ofrece tener todos los conocimientos necesarios como para elegir entre la totalidad de posibilidades existentes. Solamente seremos libres si tenemos a nuestra disposición todas las opciones y la capacidad para evaluarlas.

Lamentablemente, esa posibilidad es tan utópica como la de alcanzar la verdad absoluta. Nos debemos conformar, pienso que eternamente, con aproximarnos lo más posible. Deshacernos de elementos de juicio, ignorar conocimientos, negar evidencias, dejarnos llevar por la superstición, es retroceder en el inacabable camino hacia la libertad.

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

Eduardo Galeano

sábado, 22 de enero de 2011

"¿Por qué no dejas en paz la religión?"

por Seth, The Thinking Atheist (http://www.thethinkingatheist.com/)
traducción por Marcelo Huerta San Martín
Extraido de: http://www.sindioses.org/sociedad/porquenodejas.html

Todos los días llegan protestas de los religiosos y son de este tenor:

  • "¿Por qué empleas su tiempo en refutar a Dios?"
  • "¿Por qué no dejas que la gente crea lo que quiera?"
  • "¿Por qué no dejas en paz la religión?"

Como dijo un comentarista en YouTube hace poco, "Nadie me puede explicar por qué es tan importante convencer a los teístas de que abandonen sus creencias".

La respuesta es simple. Páginas como esta existen porque existe la religión.

La religión penetra nuestra cultura, aparece en nuestras puertas con publicaciones, escrituras y amenazas de condenación eterna, influye en nuestros libros de ciencia, contamina nuestros sistemas políticos, adoctrina a nuestros niños y postula que debe seguirse su doctrina o seremos destruidos en cuerpo, alma o ambos.

Los no creyentes simplemente estamos respondiendo a la avalancha de mensajes religiosos que nos aplastan a diario.

La religión tiene carta blanca de ser tan ruidosa como quiera, de llamar a nuestras puertas y abordarnos en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras vidas personasles y profesionales. Los creyentes tienen la carga de una misión vital de predicar, enseñar, hacer discípulos, gritar desde las cimas de las montañas, de "salir al mundo y predicar el evangelio a todas las criaturas". La religión... está en todas partes.

Pregúntense: ¿cuándo fue la última vez que un ateo tocó el timbre en su casa con la Buena Nueva del Humanismo? ¿Con qué frecuencia se encuentan libros de Richard Dawkins en los cajones de las habitaciones de hotel? ¿Cuál fue el último templo ateo erigido en su vecindad? ¿Alguna vez asistieron a una ceremonia revivalista atea? ¿El ateísmo ha exigido el 10% de su salario? ¿Cuántos canales de televisión dedicados al ateísmo vienen en su televisión por cable? ¿Cuántos versículos ateos te exigieron memorizar cuando niño? ¿Cuándo fue la última vez que alguien le agradeció a un granjero (o incluso al cocinero) sentado a la mesa para la cena, en lugar de a Dios?

En un frente más radical: ¿cuál es el nombre del último ateo que le cortó la cabeza a un "infiel"? ¿O sentenció a muerte a una mujer cubierta con un velo por no complacer a un esposo opresivo? ¿O se ató explosivos al cinturón para matar a cientos en una plaza pública? ¿O colgó en público a una persona gay por su elección de vida?

Está en todas partes. La religión es un tambor resonante que por mucho, mucho tiempo ha quedado sin responder. Y la religión no está satisfecha con simplemente existir en silencio en las casas y los corazones de los fieles. Su propia naturaleza impulsa al creyente a hacer proselitismo, predicar, promover, convencer, convertir y prevalecer. Si uno juega en el equipo de los religiosos, la estrategia es jugar, siempre, en la ofensiva.

A lo largo de nuestra historia, aquellos que elevan una sencilla protesta contra estos avances han sido presentados como el verdadero problema. La religión ha intentado marginar y derrotar las preguntas y preocupaciones legítimas presentando con indignación a cualquiera que se resista como desatinado, inmoral, carente de rumbo, furioso, abatido, perdido y solitario.

Y cuando el escepticismo cuestiona las historias completamente improbables (o imposibles) que se encuentran en la Biblia, el Corán y otros libros sagrados, los religiosos lloriquean: "¿Por qué no pueden dejarnos en paz?".

La ironía es profunda.

Y la religión obstaculiza la curiosidad e inhibe el aprendizaje, tal como prueba el vilipendiado Museo de la Creación. Bloquea el pensamiento crítico. Nos reduce a creer lo increíble. Y envenena los cimientos de la enseñanza que estamos usando para educar a las generaciones del mañana.

Páginas como la mía existen como respuesta... como contraargumento para asegurar que la cacofonía de la superstición no quede sin respuesta. Y si tu sistema de creencias es tan innegable, tan basado en hechos, tan verificable, tan real y tan cierto, ciertamente puede soportar los puntos de vista opuestos que se presentan aquí y en cualquier otra parte. Ciertamente, debería poder sobrevivir a las "pruebas de ácido".

Sólo recuerden: la religión empezó la discusión. Se amplifica a sí misma ante el mundo. Y amenaza a toda la humanidad con el castigo si se la rechaza.

Somos ateos. Somos morales. Somos razonables. Somos reflexivos, inteligentes, compasivos, felices, tenemos una vida plena y estamos bien informados.

Y mientras la religión insista en arreglar a los seres humanos que no están rotos, responderemos con pruebas de que nosotros no somos el problema.

-Seth


miércoles, 19 de enero de 2011

Diseño Inteligente: ¿ciencia o panfleto?

Extraido de: http://cnho.wordpress.com/2011/01/19/diseno-inteligente-%C2%BFciencia-o-panfleto/

El Diseño Inteligente carece de las características necesarias para ser considerado una teoría científica, como hemos publicado en varios artículos en este mismo blog. Hoy vamos a ir un paso más allá, y vamos a afirmar algo que no dudamos que levantará ampollas entre los partidarios de tal doctrina: el Diseño Inteligente no aporta ni una sola prueba, ni un sólo dato empírico, ningún experimento de laboratorio o investigación de campo; la doctrina del Diseño Inteligente es mera charlatanería adornada con pseudofilosofía.

Y lógicamente, para no ser tachados de utilizar los mismos métodos que los pastores del creacionismo disfrazado, vamos a demostrar esta afirmación analizando los textos que esgrime esta gente como “evidencias”. Para ello, y que no recaiga sobre nosotros la acusación de elegir textos no significativos, vamos a comentar los que aparecen en la web de la OIACDI, grupo pomposamente denominado “Organización Internacional para el Avance Científico del Diseño Inteligente“. De su sección “Artículos” es de donde nos vamos a nutrir. Empezaremos con el primero de estos textos: “Diseño Inteligente: Una Breve Introducción“, de William A. Dembski.

Comienza Dembski con un párrafo bastante propagandístico, pero que ya encierra un gran problema de método e imposibilita la doctrina para ser calificada como científica:

El diseño inteligente (DI) es una teoría que estudia la presencia de patrones en la naturaleza, los cuales puedan explicarse mejor si se atribuyen a alguna inteligencia.

Vamos a ver. Estudiar algo para que te ofrezca el resultado que deseas obtener no se llama ciencia, se llama prejuicio. Es como decir “voy a estudiar este bicho que desconozco para demostrar que es un anélido”. No hombre, no. Primero se estudia, y luego se sacan las conclusiones, no al revés. Si el bicho tiene ocho patas y tu sigues empeñado en estudiarlo para que sea un anélido, lo único que vas a conseguir es que nadie te publique en una revista seria y seas la risión de la profesión, más o menos lo que les ocurre a esta gente del DI.

Pero claro, como la mejor idea es un buen ataque, Dembski continúa diciendo:

Sin embargo, cuando se trata de la biología y la cosmología, los científicos respingan ante la sola idea de cuestionarse, y mayormente de responder, si eso implica inclinarse por la idea de que existe un diseño subyacente.

En primer lugar, habría que decirle a este señor que los científicos respingan siempre ante cualquier nueva idea. Respingar es el proceder habitual en ciencia. Si no respingáramos ante cualquier propuesta, se colaría una tontería tras otra en los libros de texto. No, señor Dembski, no se trata de no respingar, sino de que el que presente una idea innovadora se bata el cobre para demostrarla. No puedo decir que la Luna es de queso e indignarme porque la ciencia oficial me ignora.

A los científicos, como Dembsky dice, lo que les cuesta es enterrar miles de pruebas y evidencias acerca de un proceso evolutivo no dirigido para abrazar una doctrina sin una sola prueba, más allá de la incapacidad de sus postulantes para entender dos palabras seguidas de biología.

Aunque claro, enseguida se muestran las cartas:

Por lo tanto, el DI desafía directamente al darvinismo y otros enfoques materialistas sobre el origen y la evolución de la vida.

Es decir, no hemos empezado a explicar nada, pero ya hemos hecho la declaración de intenciones. Lo que el DI pretende es rechazar los enfoques materialistas sobre el origen y la evolución de la vida. Vaya, muy “científico”, el objetivo de la investigación es acabar con el materialismo y, suponemos por exclusión, abrazar el espiritualismo. Seguimos sin prejuicios…

Para que la teoría del diseño inteligente pueda convertirse en un concepto científico fructífero, los científicos necesitan estar seguros de que pueden determinar con confiabilidad si algo fue diseñado.

Bien, parece que se pone interesante. Vamos a ver cuales son esas evidencias que aportan la seguridad en que los organismos fueron diseñados.

Por ejemplo, Johannes Kepler pensaba que los cráteres de la luna habían sido diseñados por sus moradores. Hoy sabemos que fueron formados por fuerzas materiales ciegas (por ejemplo, impactos de meteoritos). Es este miedo a ser refutada y desbancada lo que ha evitado que la teoría del diseño entre a la ciencia.

No es exactamente así. Los cráteres de la Luna presentan un patrón común (son todos circulares y con una estructura muy similar). Esto les confiere una apariencia de diseño. Resulta inimaginable pensar que siendo formados al azar, presentaran la misma forma y estructura. El error de Dembsky es atribuir al impacto meteórico el atributo de “fuerza ciega”. Muy al contrario, el impacto de un meteorito se rige por las leyes físicas correspondientes, que hacen que un impacto siempre deje un cráter circular. Los cráteres de la luna no están formados al azar, sino que son el resultado previsible del impacto de una roca contra la superficie. ¿La diferencia no obedecerá a que el Sr. Dembsky sabe como se han formado los cráteres lunares pero no sabe como se originaron las mitocondrias? A esto es a lo que llamamos “apariencia de diseño”.

Pero bueno, a ver si entramos en faena:

Como teoría de origen y desarrollo biológico, el DI tiene como postulado central que únicamente causas inteligentes pueden explicar adecuadamente las complejas estructuras ricas en información estudiadas por la biología, y que dichas causas son empíricamente detectables.

Suponemos que aquí el término “postulado” quiere significar “hipótesis de trabajo”, porque no sería posible entenderlo de forma literal (Proposición cuya verdad se admite sin pruebas y que es necesaria para servir de base en ulteriores razonamientos, DRAE), dado que en este último caso sería decir “vamos a demostrar que existe el monstruo del Lago Ness basándonos en que existe el monstruo del Lago Ness”. Como creemos que nadie puede ser tan estúpido, nos inclinamos por la primera posibilidad.

Dice Dembski a continuación:

Decir que las causas inteligentes son empíricamente detectables equivale a decir que existen métodos bien definidos que, con base en características observables del mundo, pueden distinguir acertadamente las causas inteligentes de las causas materiales no dirigidas.

Completamente de acuerdo. Coincidimos en que, a partir de este punto, vamos a poder leer cuáles son esos métodos. Ardo en deseos. Lamentablemente, los párrafos siguientes se dedican a explicar el argumento de la novela “Contact” de Carl Sagan. El objetivo de Dembski es hacer ver que si una emisión de radio consiste en una larga sucesión de números primos, resulta tan difícil que se produzca por casualidad que los protagonistas de la novela infieren que está generada por una inteligencia extraterrestre. Conforme; yo hubiera sospechado lo mismo.

La inteligencia deja una marca o firma característica -lo que yo llamo “complejidad especificada” (ver mi libro No Free Lunch). Un evento exhibe complejidad especificada si es contingente y por lo tanto no necesario; si es complejo y por lo tanto no fácilmente reproducible por casualidad; y si es especificado en el sentido de exhibir un patrón dado. Note que un suceso meramente improbable no es suficiente para eliminar el azar -lance una moneda al aire por suficiente tiempo y será testigo de un suceso altamente complejo o improbable. Aun así, no tendrá razones para no atribuirlo a la casualidad.

Bueno, ya empezamos a liarla. Un suceso no necesario, no fácilmente reproducible por casualidad y exhibidor de un patrón, es una firma de inteligencia. Porque tu lo vales. Siendo decir que esto no es resultado de ningún estudio o desarrollo experimental, es simplemente una opinión del autor, como él mismo dice. Yo puedo decidir que “firma de la inteligencia” es presentar un diseño cúbico. No hay ningún planeta cúbico, ningún animal cúbico, ni siquiera una estrella cúbica. Por lo tanto, para mí una estructura natural cúbica es muestra de un diseñador inteligente. Y mi argumento no tiene ni por asomo menor validez que el de Dembsky.

El razonamiento comienza a ser tramposo: voy a mostrar evidencias de inteligencia, y parto de que la inteligencia es lo que yo digo que es. Sólo me queda encontrar lo que dije que era, o al menos decir que encontré lo que dije. En cualquier caso, si me dicen algo, pues donde dije digo digo diego y santaspascuas…

Al tratar de determinar si los organismos biológicos exhiben complejidad especificada, los defensores de la teoría del diseño inteligente se enfocan en sistemas identificables -tales como enzimas individuales, caminos metabólicos, máquinas moleculares y cosas por el estilo. Estos sistemas son especificados por necesidades funcionales independientes y exhiben un alto grado de complejidad.

Craso error de concepto. El autor asume que una enzima y una ruta metabólica surgen por necesidad. Es decir, deben surgir para suplir una deficiencia del organismo. Esto es falso, ya que ocurre precisamnte lo contrario: si surge una nueva enzima, el organismo es capaz de degradar o formar un nuevo compuesto, esto le permite explorar una nueva ruta metabólica que quizá le facilite la colonización de nuevos medios. Es decir, una bacteria capaz de sintetizar histidina puede explotar medios carentes de tal aminoácido, pero no desarrolla la enzima por vivir en medios sin histidina, que es lo que pretende decir Dembsky. Y sobre esta afirmación no sólo existen infinitas publicaciones, sino que en cualquier laboratorio básico de microbiología puede comprobarse.

Por supuesto, cuando una parte esencial de algún organismo exhibe complejidad especificada, el diseño atribuible a dicha parte se atribuye también al organismo como un todo. No es necesario demostrar que cada aspecto del organismo fue diseñado: de hecho, algunos aspectos serán resultado de causas puramente materiales.

Sobre todo, nademos y guardemos la ropa. De esta forma, cuando nos vayan desmontando uno a uno nuestros sistemas complejoespecíficos, siempre podremos recular diciendo que “bueno, en realidad eso era un aspecto de causas puramente materiales”. Seguimos siento tope de científicos, oiga…

La combinación de complejidad y especificación fue un signo convincente de inteligencia extraterrestre para los astrónomos de la película Contacto. Dentro de la teoría del diseño inteligente, la complejidad es la marca o firma característica de la inteligencia

Porque usted lo diga, buen hombre. Además, ya nos estamos olvidando de lo de “no fácilmente reproducible por casualidad” y “el patrón dado”, so pillín. Pero bueno, resumiendo hasta aquí, resulta que si observamos una estructura compleja, es muestra de una inteligencia diseñadora porque lo decían los astrónomos de la película Contacto. Nos superamos por momentos.

Los defensores de la teoría del diseño inteligente sostienen que causas materiales no dirigidas, como la selección natural actuando sobre cambios genéticos aleatorios, no pueden generar complejidad especificada.

Eso ya lo dijo antes, pero aparte del guión cinematográfico y su personal definición de firma de inteligencia, aún estamos esperando el porqué.

El punto es si la naturaleza (concebida como sistema cerrado de causas materiales ciegas y continuas) puede generar complejidad especificada en el sentido de originarla cuando previamente no existía.

¡Eso, eso! Venga, que se lanza…

Tome, por ejemplo, un Rembrandt grabado en madera. Surgió al imprimir sobre un papel un bloque de madera grabado. El Rembrandt exhibe complejidad especificada. Sin embargo, la aplicación mecánica de tinta al papel mediante el bloque de madera no explica la complejidad especificada del grabado hecho en la madera. La complejidad especificada del grabado debe llevarnos a la complejidad especificada existente en el bloque, que a su vez debe conducirnos a la actividad diseñadora realizada por el mismo Rembrandt (en este caso la talla deliberada del bloque de madera). Las cadenas causales de la complejidad especificada no terminan en las fuerzas materiales ciegas, sino en una inteligencia diseñadora.

Fastuoso, acaba de demostrar que un Rembrandt fue pintado por un tal Rembrandt.

En La Caja Negra de Darwin, el bioquímico Michael Behe conecta la complejidad especificada con el diseño biológico con su concepto de complejidad irreductible. Behe define los sistemas irreductiblemente complejos como aquellos que consisten en varias partes interrelacionadas y en los que si se elimina aunque sea una parte se destruye la función de todo el sistema. Para Behe, la complejidad irreductible es un indicador confiable de la existencia de un diseño.

Hombre, si usted puede inventarse una definición de inteligencia, el bueno de Behe también puede, faltaría más. Veamos si es más o menos sostenible o si por lo menos hace el intento de sostenerla.

Un sistema bioquímico irreductiblemente complejo contemplado por Behe es el flagelo bacteriano. El flagelo es un motor giratorio energizado por ácido y una cola a manera de látigo que da unas 20,000 revoluciones por minuto y cuyo movimiento rotatorio permite a la bacteria navegar en su medio acuoso.

Pues menudo intento, el puñetero flagelo bacteriano de nuevo. Nefasta prueba empírica, porque la irreductibilidad del flagelo está más que refutada por centenares, sino miles, de investigaciones que demuestran que el flagelo sí es una estructura reductible. Otra cosa es que los escasos conocimientos de estos autores les impidan imaginar cómo pudo haberse generado, pero eso es un problema personal suyo, no de la naturaleza (ver, por ejemplo, La reductibilidad del flagelo bacteriano, en este mismo blog).
Pensarán ustedes que ahora Dembsky sacará la artillería y nos abrumará a pruebas empíricas, de esas que dice que busca el DI. Pues siento decepcionarles, pero se ha acabado la historia. Los últimos dos párrafos del artículo se dedican a jactarse de haber demostrado su “teoría”:

Igualmente, el diseño inteligente es más que sólo el último de una larga lista de argumentos sobre el diseño. Los conceptos de complejidad irreductible y complejidad especificada que se le relacionan, suministran causas inteligentes empíricamente detectables y hacen del diseño inteligente una teoría científica hecha y derecha

Con un par… la definición que me he inventado, y el falso ejemplo del flagelo hacen del DI una teoría científica.

El principal reclamo del diseño inteligente es este: el mundo contiene eventos, objetos y estructuras que agotan las explicaciones con causas inteligentes no dirigidas, pero que pueden ser explicados adecuadamente recurriendo a causas inteligentes.

No. Realmente, el principal reclamo del diseño inteligente es que algunas personas que no saben cómo se ha formado determinada estructura, que no pueden comprender un proceso biológico o que no entienden los procesos evolutivos, se inventan una explicación sobrenatural para zanjar el problema. Vale como solución personal -y pienso que infantil-, pero no como teoría científica. Yo puedo decir que la forma esférica de planetas y estrellas se debe a que los extraterrestres que diseñaron el universo adoraban las pelotas. A mí me puede resolver el problema, pero no me debería extrañar que un físico diera un respingo.

Los defensores del diseño inteligente aseguran poder demostrar esto rigurosamente.

Si, ya vemos: a base de Rembrantds, películas de ciencia ficción y flagelos bacterianos. Pues van dados…

Finaliza nuestro buen autor lanzando al aire una profunda pregunta:

Si este programa puede o no convertir al diseño inteligente en una herramienta conceptual efectiva para investigar y entender el mundo natural es la gran pregunta que hoy enfrenta la ciencia.

Perdone usted, pero esta pregunta le enfrentará a usted con su vecino. Le aseguro que la ciencia no está enfrentada a tal dilema. Es más, la mayor parte de científicos en activo que conozco ni siquiera saben que exista una doctrina llamada diseño inteligente y si les cuentas lo de la inferencia del diseño o lo del reloj tirado en el campo, te miran como a un marciano.

Resumiendo: tal y como afirmábamos al principio, en todo el artículo únicamente hay un dato: el flagelo bacteriano, que ha sido reiteradamente refutado como estructura irreductible. El resto son ejercicios pseudofilosóficos con definiciones propias y parábolas. No hay datos. No hay evidencias. Lo único que hay es doctrina y la falacia de la apariencia de diseño.