jueves, 27 de enero de 2011

Libertad de elección

Extraido de: http://cnho.wordpress.com/2011/01/27/libertad-de-eleccion/

La sociedad actual ha convertido el relativismo en la filosofía de su existencia, abrazando una malentendida tolerancia ante prácticamente cualquier cosa que no sea considerada políticamente incorrecta. En realidad se trata de un relativismo parcial, aceptándose como inviolables determinadas premisas culturales a la par que se consideran totalmente opinables otras de igual o mayor importancia. Así podemos encontrar que nadie considera justificable el castigo físico a la infancia, mientras se aplaude la libertad paterna para no vacunar a un hijo frente a una enfermedad mortal.

De igual forma, solemos coincidir en que la escuela debe educar basándose en la igualdad y el respeto entre todos los seres humanos, pero se celebra que una llamada “libertad religiosa” permita inculcar ideologías sexistas, xenófobas y teocráticas desde esa misma escuela. Un profesor que cuestione la igualdad entre los sexos será públicamente inmolado, pero se aplaudirá su mente abierta si se dedica a propagar las capacidades curativas del agua homeopática o el masaje energético oriental sobre el cáncer de mama.

Llevado a extremos legales, se acepta como indiscutible que el Estado deba intervenir si un padre propina una paliza a su hijo. Sin embargo, obligar a ese mismo padre a evitar que su retoño sea pasto de infecciones con mayores consecuencias que la intolerable paliza, sería propio de fascistas inquisidores. Y no dude el lector que tales serán los adjetivos que se le serán inexorablemente aplicados, si acaso osa insinuar que ciertos comportamientos deberían regularse de igual forma que otros universalmente rechazados.

Si usted argumenta porqué el creacionismo no tiene cabida en las clases de ciencias, que las pseudomedicinas no deberían ser financiadas con dinero público o que la televisión no tendría que dar la misma credibilidad a un estudio científico que a los desvaríos de un iluminado, se encontrará ante todo un kit de calificativos entre los cuales, lo mínimo que pueden llamarle es “intolerante”. No obstante, rara vez quedará la cosa ahí: lo más normal es que tal adjetivo sea religiosamente acompañado por otros como “totalitario”, “antidemocrático” o “partidario del pensamiento único”. Atendiendo a la impecable Ley de Godwin, la cosa continuará con descalificaciones del tipo “fascista” y “nazi”. En un porcentaje significativo de las discusiones, acabaremos siendo acusados de quemar a Galileo (que por otro lado nunca ardió) y de alternar de tú a tú con Tomás de Torquemada.

Existe otro factor igualmente generalizado en esta tendencia relativista-alternativa: si algo es defendido por las autoridades -sean políticas, sanitarias o económicas- significa que es mentira. Obviamente, el poder político no se caracteriza por su credibilidad, mejor no hablar de la honestidad de las élites económicas y pocos estarán en desacuerdo con que el negocio sanitario de las multinacionales farmacéuticas es completamente inmoral. Ahora bien, esto no significa que todo lo que provenga del “establishment” es falso y, mucho menos, la extrapolación de que algo universalmente aceptado es un bulo para engañar a la población.

ue la Tierra gira alrededor del Sol es un hecho demostrado más allá de toda duda razonable. Todas las autoridades y organizaciones educativas y científicas lo aceptan, reflejándolo en sus planes escolares y en sus protocolos de investigación. Indudablemente, uno es libre de pensar que nuestros sentidos, nuestros instrumentos, nuestros cálculos y por supuesto nuestras autoridades nos engañan, nadie nos impide creer que la Tierra es un peñasco fijo en el centro del universo, a pesar de que toda la realidad se haya confabulado para aparentar lo contrario. Ahora bien, llamar a eso “libertad de elección” me parece, al menos, demasiado grandilocuente.

Es al contrario: la razón fue la que derrotó la concepción ptolemaica primitiva que consideraba a la Tierra el centro estático del cosmos. Ser hoy día geocéntrico no es ser crítico, es deshacer el camino andado.

Confundir escepticismo con estupidez

Una cosa es dudar de todo, plantearte cualquier afirmación y preguntar por sus bases, y otra muy distinta es rechazar una explicación racional para abrazar una teoría conspiranoica sin ningún apoyo empírico más allá de la secta de iluminados correspondiente.

Veamos un ejemplo: ante la tesitura de vacunar o no a mi prole, puedo mostrar (debo mostrar, mejor dicho) una postura crítica ante toda información que me llegue. Debería ser escéptico tanto sobre lo que me cuenta mi médico como sobre lo que afirma Teresa Forcades. Por poco que lea, podré comprobar que en aquellos países con índices de vacunación más altos hay menos muertes en la infancia. Es más, puedo constatar que en países del tercer mundo en los que se han llevado a cabo campañas de vacunación sin acompañar con la higiene y la alimentación propias de los países desarrollados, el número de víctimas desciende drásticamente. También puedo estudiar los fundamentos de las vacunas, así como los resultados de los estudios clínicos realizados; ambos garantizan que las ventajas superan con creces a los inconvenientes.

Los partidarios de la no vacunación esgrimen que estos resultados son falsos, incorrectos o -al menos- inexactos, y que las vacunas producen más daño que beneficio. Bien, podría pensar que las autoridades, los médicos, las ONG y los periódicos están confabulados para engañarme y tratar de hacer una pequeña “experimentación” a mi alcance: de todos los niños del colegio donde llevo a los míos, los cuales están vacunados en su práctica totalidad, ninguno ha sufrido autismo, epilepsia o muerte tras la vacuna. Es más, están tan pichis y sin pasar el sarampión. Ampliando el círculo, no conozco a ningún hijo de mis vecinos, de mis amigos o de mis familiares que haya sufrido una paraplejia o una muerte súbita tras la triple vírica. Aunque en uno de los trípticos informativos, un movimiento antivacunación me muestra que en 1972 un niño afroamericano sufrió una parada cardiaca tras vacunarse de la viruela.

Podría inclinarme, tras este análisis, a pensar en una conspiración medico-político-científico-económica internacional que implica además a todos los médicos de cabecera, pediatras y organizaciones no gubernamentales de ayuda al tercer mundo. Es más, puedo considerar que mi desconocimiento de muertes por vacunación en mi entorno es mera casualidad, mientras en el barrio de al lado caen como chinches sin que yo lo sepa (obviamente, los periódicos no lo revelan porque están confabulados con el grupo anterior). Podría hacerlo, sin duda. Ahora bien, llamar a eso “espíritu crítico” me parece tan exacto como denominar “ejercicio de libertad” el geocentrismo.

La verdadera libertad de elección

Pero la realidad es que las vacunas sí tienen efectos secundarios. Desde un leve enrojecimiento de la piel, hasta reacciones adversas que pueden producir la muerte. Sí, la muerte. De igual forma que la enfermedad que previenen puede resultar no ser mortal o ni siquiera contraerse. No solemos conocer personalmente esos casos porque se dan muy raramente, pero ocurren.

¿En qué quedamos entonces? Pues en que tomar una decisión racional no es fácil. Hace falta conocer muy bien el tema sobre el que decidimos, y cuanto mayor sea nuestro desconocimiento, mayores probabilidades de que realmente estemos eligiendo al azar. Sin embargo, el hecho de que decidir sea difícil no significa que sea válida cualquier opción. Así, la alternativa que suele plantearse es “una vacuna tiene riesgos mortales, mientras que no es nada seguro que mi hijo contraiga el sarampión y, si lo hace, es muy improbable que muera”. Tan lógico puede parecer vacunar como no vacunar al niño.

Sin embargo, el error proviene de un análisis incompleto. Para sopesar ambas alternativas hay que enfrentar probabilidades. Si la probabilidad de que el niño muera a consecuencia de la vacuna es una entre diez millones y la de que lo haga por contraer el sarampión y no superarlo es de una entre un millón, las opciones no parecen ahora igual de lógicas. ¿De verdad elegirías exponer a tu hijo a diez veces más posibilidades de morir? ¿Llamarías a eso “ejercer tu libertad como padre”?

Soy de los que pienso que las leyes sirven de poco. Y a pesar de que pueda estar a favor de la vacunación obligatoria, no creo que eso sea una solución en sí misma. La única garantía para optar racionalmente ante un dilema es la que ya expuse más arriba: tener los mejores conocimientos posibles o al menos saber donde buscarlos. Y eso no se consigue legislando, sino educando.

Aún así, elegir sigue siendo difícil por mucha información y formación que acumulemos. Las estadísticas son, al fin y al cabo, generalizaciones orientativas que no nos aseguran que nuestro hijo no vaya a ser ese caso peculiar entre los diez millones; nuestros conocimientos científicos son siempre provisionales, y nunca estaremos seguros de que un medicamento no muestre efectos indeseados años después de aplicarse.

Y es que no existen las verdades absolutas. Ni siquiera en el caso del movimiento de la Tierra. Hay distintas opciones, algunas con más peso que otras, pero nada más. La libertad no consiste en elegir. La libertad no consiste en hacer lo que nos de la gana. La verdadera libertad es aquella que nos ofrece tener todos los conocimientos necesarios como para elegir entre la totalidad de posibilidades existentes. Solamente seremos libres si tenemos a nuestra disposición todas las opciones y la capacidad para evaluarlas.

Lamentablemente, esa posibilidad es tan utópica como la de alcanzar la verdad absoluta. Nos debemos conformar, pienso que eternamente, con aproximarnos lo más posible. Deshacernos de elementos de juicio, ignorar conocimientos, negar evidencias, dejarnos llevar por la superstición, es retroceder en el inacabable camino hacia la libertad.

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

Eduardo Galeano

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