viernes, 4 de marzo de 2011

Tipos de fe

Extraido de: http://blog-sin-dioses.blogspot.com/2011/03/tipos-de-fe.html

En el diario colombiano El Espectador el columnista Klaus Ziegler aborda la pregunta de si la ciencia puede considerarse como una religión.

Tipos de fe

Es frecuente escuchar que el hombre de ciencia, a pesar de sus pretensiones racionales, también es un hombre de fe, pues la ciencia como la religión tiene su propio sistema dogmático de supuestos y creencias.

No dudamos de que el Sol sea una bola incandescente más grande que el Peloponeso, como afirmó Anaxágoras hace más de dos mil años para burla de sus coterráneos. Y creemos que la Luna es un satélite que orbita nuestro planeta, y no un disco luminoso del tamaño de un frisbee suspendido en el cielo por encima de las nubes. Suponemos que esto es cierto sin haberlo comprobado por nuestros propios medios, como también creemos en la esfericidad de la Tierra o en la realidad de los átomos.

Podríamos argumentar que no todas esas creencias son gratuitas. En relación con la Luna, hemos visto fotografías de sus cráteres y testimonios fílmicos que muestran las graciosas caminatas de los astronautas sobre su superficie, con la Tierra al fondo, azul, inmóvil en el horizonte lunar. Sin embargo, las borrosas imágenes de la televisión de los años sesenta, en comparación con los impecables documentales de Discovery Channel en que se ven platillos voladores, o extraterrestres de cabezas descomunales, parecen un montaje tan burdo como el primer Godzilla de 1954. De hecho, no son pocos los que han cuestionado la autenticidad del alunizaje al señalar un imposible aparente: que la bandera norteamericana se vea ondeando en un lugar donde no hay atmósfera. ¿No es acaso un acto de fe de nuestra parte darle crédito a afirmaciones que nunca hemos verificado? Y si es así, ¿no es entonces la ciencia otra forma de religión, y los científicos, los nuevos sacerdotes?

Quienes argumentan de esta manera cometen un grave error. En primer lugar, olvidan que la fe es un abanico que admite variedad de grados –creemos por fe en la existencia de Napoleón y Homero, aunque no guardamos igual fe en la existencia de este último--. En segundo lugar, pasan por alto una diferencia fundamental: las afirmaciones científicas son susceptibles de ser verificadas por cualquier contradictor, falsables en principio, lo cual no ocurre con los dogmas religiosos.

Si la ciencia se nutre del desacuerdo, en asuntos religiosos la disensión se castiga a menudo con el ostracismo, o incluso con la muerte. Al escéptico que insiste en negar que la Luna sea un objeto lejano y enorme se le podría sugerir que intente observarla una noche cualquiera en que sea visible, a través de la ventanilla de su automóvil. El incrédulo notará algo que maravilla a todo niño: la Luna “lo sigue” a lo largo del viaje, atravesando nubes, dejando atrás casas, graneros, torres de energía, y por último los objetos más distantes que se alcanzan a divisar en el horizonte. Es obvio que cada objeto, entre más cercano, más rápido quedará atrás a medida que nos desplazamos. El hecho de que la veamos siempre en frente, sin importar cuán rápido avancemos, sugiere que su distancia deberá ser muchísimo mayor que la de cualquier otra cosa sobre el paisaje. Y el escéptico podrá inferir su enorme tamaño sin necesidad de apelar a la autoridad de los astrónomos, solo teniendo en cuenta que su diámetro aparente es de poco más de medio grado. Un telescopio casero y un cronómetro ordinario es todo lo que se requiere para refutar la creencia popular de que la tierra demora 24 horas en dar una vuelta completa sobre su eje: basta enfocar cualquier estrella en el centro de la lente ocular, y esperar hasta la noche siguiente. Transcurridas 23 horas, 56 minutos y 4 segundos, podremos constatar que la estrella ocupará de nuevo el centro del campo visual, lo cual indica que nuestro planeta tardó este tiempo en dar un giro completo sobre su eje (veinticuatro horas corresponden al día solar medio, lo que demora el Sol en volver a ocupar el punto más alto en el cielo).

En comparación, ¿cómo convencernos de la existencia de una vida más allá de la muerte, algo de lo cual hay tanta evidencia como que Papá Noel o el Ratón Pérez son seres reales? ¿Y por qué más bien no creer, como proponen las religiones dhármicas, en la reencarnación de las almas?También existe la posibilidad de que continuemos existiendo como alcornoques, o parásitos intestinales, o escarabajos estercoleros, aunque dudo que semejante promesa pueda conquistar muchos adeptos.

Es verdad que creemos en un sinnúmero de afirmaciones sin que jamás las hayamos comprobado. No obstante, nuestra confianza en la ciencia no solo se debe a su carácter empírico. Sus afirmaciones forman un complejo entramado que se refuerza entre sí, y el cual se desmoronarían como un castillo de naipes si sólo una fuese falsa. Un creacionista bíblico que de alguna manera probara que la Tierra no tiene más de seis mil años de antigüedad, echaría por tierra las mediciones cósmicas, refutaría de paso la teoría del decaimiento radiactivo e invalidaría los métodos de datación; falsearía la teoría que explica la existencia de sólidos depósitos de lava de varios kilómetros de espesor, y convertiría las teorías de los geólogos en un compendio de disparates. Mostraría además cuán errónea es la explicación sobre la formación de las grandes barreras coralinas, y cuán fraudulento es el inmenso registro fósil, desde los antiguos estromatolitos hasta los más recientes fósiles prehomínidos.

Si así fuese, lo que llamamos ciencia no sería más que una conspiración de proporciones monstruosas. Aceptar como válido el creacionismo bíblico, para continuar con el ejemplo, implica descoser una malla de hechos factuales, muy a pesar de que debamos aceptar más de uno por fe. ¿Acaso ya no mostramos profunda fe en la ciencia cuando nos sometemos a una operación de corazón abierto sin que siquiera hayamos comprobado por nosotros mismos la teoría circulatoria de Harvey?

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