sábado, 16 de abril de 2011

Decálogo del “a mi me funciona” (o como detectar estereotipos en pseudomedicina)

Extraido de: http://cnho.wordpress.com/2011/04/16/decalogo-del-a-mi-me-funciona-o-como-detectar-estereotipos-en-pseudomedicina/

El empleo de estereotipos suele indicar una carencia de argumentos originales, alertándonos ante una situación más cercana a un “guión preparado” que a una situación real. De esta forma, encontrar patrones comunes a cierto tipo de argumentos suele ser bastante útil para detectar aquellos testimonios que, lejos de ser reales, puedan significar únicamente una receta para propagar determinadas afirmaciones sin fundamento objetivo.

Este es el caso de numerosos mensajes en foros y blogs como éste, donde una demostración apoyada en evidencias experimentales o una crítica a determinada pseudociencia, remedio mágico o creencia religiosa se contestan con un simple “a mi me funciona y demostrarme que no es así”. No vamos a entrar ahora en la invalidez de tal argumento o en las numerosas causas por las que podamos creer que una hoja de laurel nos ha hecho aprobar un examen. Ya hemos tratado estos temas anteriormente (ver “¡Pues a mí me funciona!“).

Lo que queremos tratar son las características comunes a la mayor parte de testimonios sobre la eficacia de un ungüento milagroso o de una pastillita homeopática. Sin duda, podemos encontrar coincidencias semejantes para otras áreas de las diversas pseudociencias, pero vamos a ir por partes.

Decálogo para todo testimonio pseudomédico que se precie

1. Yo era muy incrédulo. Encabezado muy utilizado por los creyentes más variopintos. Suelen comenzar su discurso con “yo soy muy escéptico”, “yo era un ateo recalcitrante”, “nunca he creído en estas cosas”. Es decir, un sinfín de excusas que tratan de convencernos de que parten de una postura escéptica y son las evidencias, y sólo las evidencias, las que les han hecho cambiar de opinión.

2. Mi madre se moría de picores en las gónadas. A continuación pasan habitualmente a relatar un caso con tintes dramáticos y terminales. No suele tratarse de una simple molestia, sino de algo que estaba a punto de llevar al suicido del propio protagonista o un personaje cercano. Si es un sarpullido, les impedía dormir y estaban al borde del infarto; si su pareja roncaba, el divorcio se cernía sobre sus cabezas.

3. La medicina oficial nos engañó. Invariablemente, siempre recurrieron primero al stablishment. Jamás fueron directamente al naturópata o al confesionario, todos pasaron confiadamente por ambulatorios o universidades (posiblemente porque eran muy escépticos ellos, como se indica en el punto 1). Por supuesto, la ciencia oficial les mareó, les hizo perder tiempo y nunca encontraron, tras años de tratamiento, ni una pequeña mejoría. En el caso no sanitario, el “erudito” habrá recurrido sin duda alguna a informarse, estudiar y conocer profusamente todo lo publicado sobre el tema en cuestión, incluso en japonés.

4. Yo no quería, mamá, me lo dio un amigo. Casualmente, horas antes del suicidio (ver punto 2), un amigo/primo/vecino/compañero de trabajo que tenía el mismo problema, le habló del remedio mágico que justamente estamos criticando en nuestro artículo.

5. No me lo creía (de nuevo). Como buen escéptico, a nuestro personaje le cuesta aceptar que una solución tan sencilla no sea conocida por la medicina oficialista, así como la capacidad de curar algo ante lo que su médico se había rendido.

6. No pierdo nada (estoy al borde del suicidio). Como resulta difícil argumentar de que manera una mente racional puede untarse moco de tuberculoso en una úlcera abierta, el protagonista del testimonio suele recurrir al “no tenía nada que perder”; total, beber un frasquito de agua con lejía o tomarme un terrón de azúcar no iba a empeorar mis jaquecas (que no se si os he dicho que me están llevando al borde del suicidio).

7. Coño, funciona!! A pesar del escepticismo y la poca o nula predisposición, se produce una cura milagrosa. El eccema invalidante desaparece en cuatro días o la tía paralítica vuelve a andar en lo que se persigna un cura loco.

8. Eso sí, no tengo ni guarra de cómo funciona. Llegando al final, el confeso no tiene inconveniente en señalar que no entiende el funcionamiento del invento, ni conoce las causas, ni le importan un pimiento. Sólo sabe que funciona, que puede dormir por la noche, que el cáncer desapareció o que su aparato genital sufrió un fenómeno de convergencia volumétrica con los paquidermos de la noche a la mañana.

9. ¿Que pacha, no me crees? Como si se tratara del mejor argumento pergeñado por la humanidad, el interfecto sentencia su relato con un incontestable “es cierto porque yo lo digo”. Siglos de ciencia y experimentación, años de estudios, millones de euros en investigación y resulta que un simple “yo lo valgo” sirve para demostrar la eficacia de la sacarina diluida en néctar de caléndula contra la hepatitis vírica.

10. ¿Como es posible que esto no lo recete la seguridad social? ¡¡Por los reptilianos!! Esta décima parte puede presentarse en el discurso original o reservarse para futuras (y previstas) contestaciones del personal. Sin ningún tipo de variación, y siendo quizá el argumento más estereotipado de los diez, el elemento pasará a relatar cómo las farmacéuticas se lucran con remedios inservibles, cómo la ciencia oficial está comprada por las multinacionales y de qué manera todos los gobiernos mundiales, los millones de médicos, biólogos, químicos y farmacéuticos del planeta están confabulados en una conspiración para mantenernos enfermos y ganar mucha pasta (ya se que entonces los gobernantes, médicos, biólogos, químicos y farmacéuticos no deberían morir nunca de cáncer o de hepatitis, pero es algo que aún estoy himbestigando).

Este guión no sólo sirve para detectar testimonios estereotipados, sino que nos permite participar en cualquier charlita de Internet. No es necesario incluir todos los puntos, pero con los diez queda un mensaje redondo. Y si no, haced la prueba:

Os confieso que yo siempre he sido muy escéptico ante los remedios milagrosos; se hecho, considero que la homeopatía, el reiki o las flores de Bach no son más que fraudes dirigidos a obtener dinero fácil de los incautos. Sin embargo, he padecido durante años una artritis reumatoide muy dolorosa, que me obligó hace dos años a solicitar una baja laboral permanente al permanecer durante largas temporadas recluido en una silla de ruedas. El calvario de médicos, clínicas y tratamientos ha sido insufrible durante todo este tiempo. Tras consultar con cinco especialistas en reumatología distintos, únicamente conseguí que me inflaran a antiinflamatorios, lo que encima me produjo una gastritis crónica. Un día, hace ahora seis meses, una buena amiga me habló de un remedio utilizado por los indios tabaharas desde hace milenios, consistente en la inhalación de raíz de abeto albino recolectada en una noche de luna llena. En un principio no creí que tal despropósito pudiera solucionar lo que varios médicos no habían conseguido; en primer lugar porque me cuesta creer en remedios milagrosos -soy físico de profesión- y, por otro lado, porque mi amiga es excesivamente dada a seguir cualquier terapia alternativa que se ponga a su alcance.

Sin embargo, tampoco tenía nada que perder, mi situación era insostenible y dudé que una raíz pudiera hacerla empeorar. Además, así evitaría de una vez por todas las chapas que me solía pegar mi amiga sobre el tema. Para mi sorpresa, a la semana de estar inhalando la raíz de abeto albino recolectada una noche de luna llena, mis articulaciones comenzaron a mejorar. Volví a caminar y hoy me encuentro casi recuperado, hasta el punto de que he solicita el alta para volver al trabajo. Mi médico no se explica la mejoría, y más cuando le dije que había dejado totalmente los antiinflamatorios. Incluso he vuelto a recuperar mi estómago de forma casi total.

La verdad, no entiendo cómo funciona algo tan sencillo, ni porqué no se emplea médicamente de forma masiva. Solo se que a mí me ha permitido volver a tener una vida normal y eso me basta. Como científico, se que la ciencia aún no tiene todas las respuestas, y que existen fenómenos que aún no sabemos explicar. Sin embargo, esto no hace que no existan. Sin duda, hay alguna explicación racional al milagroso efecto de la raíz de abeto albino recolectada en una noche de luna llena, pero aún no la conocemos. No creo en la magia, y dudo que esto lo sea.

Sois libres de creerme o no, ya que podéis pensar que me lo estoy inventando todo, pero yo se que a mí me ha salvado la vida y no necesito más convencimiento. Sinceramente, el que un remedio natural y barato no sea adoptado por las autoridades sanitarias mientras recetan carísimas pastillas paliativas que únicamente disminuyen los síntomas pero que nos condenan a consumirlas (y pagarlas) eternamente, me parece una cuestión que atiende más a la economía que a la salud pública.

¿Os suena?

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