martes, 13 de septiembre de 2011

La ciencia contada en la barra de un bar

Extraido de: http://cnho.wordpress.com/2011/09/13/la-ciencia-contada-en-la-barra-de-un-bar/

Los esotéricos y “new age” creen estar en posesión de una información privilegiada, exclusiva y revolucionaria. Se comparan por sus ideas y por la repercusión que tienen en los ambientes científicos con Galileo, Copérnico o Wegener, pero olvidan que esos grandes científicos basaron sus revoluciones en información manejada por otros, en conocimientos establecidos y consolidados. Newton revolucionó la física y dijo humildemente “Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes”, dando a entender que tuvo que basarse en otro grandes científicos y en su método para llegar a sus resultados, sin ello difícilmente habría llegado tan lejos.

Pero claro, algunos creen en la sabiduría infundida en su cerebro durante una buena siesta, de forma que tras la misma se creen capaces de revolucionar todos los conocimientos actuales de la ciencia (esa cosa inmovilista y reaccionaria). Curiosamente esa revelación suele ir acabar en un aparatejo o un potingue cura-todo que está al alcance de cualquier crédulo por un módico (o no tanto) estipendio. ¿Probarlo siguiendo los cánones establecidos por el método científico? Jamás, eso es cosa de antiguos, y uno es el nuevo Galileo, un visionario, ¿no os habéis dado cuenta, retrógrados?

Pero la ciencia funciona de otra forma. De manera sencilla, tal y como lo contaría a un colega tomando unas cañas sería algo así: De golpe (por decir algo), tras mucho estudiar (tener muchos conocimientos en el tema importa “un pelín”) y dejarse las cejas en el laboratorio te viene una idea: “otia, y si funcionara…..”. Se prueba, nada un experimentillo, para “verle la pinta”. Y de golpe “otia que ha salido”.

La cosa se pone seria, hay que repetir el experimento con montones de controles, varias veces y en diversas condiciones, pensando aquello de…”seguro que se pasó algo por alto”. Repites el experimento y…”otia que sí, que sale”. Lo primero que piensas, hay que contarlo, esto lo tiene que saber todo el mundo. Y escribes el artículo de turno para una revista de revisión por pares, esa que más te mola.

El editor lee tu trabajo y lo primero que piensa es “¿pero que moto me está intentando vender este?”. Luego lo lee con calma y dice “otia, pues puede que funcione”. Así que llama dos colegas de confianza y les dice, “tengo algo gordo, leerlo y dadle caña, aquí hay gato encerrado pero no lo encuentro, parece todo correcto”. Así que los otros colegas esperan con el cuchillo entre los dientes la llegada del escrito para despedazarlo. Lo leen, le dan vueltas, consultan los datos, los análisis, las interpretaciones, la bibliografía, “leche esto está bien”. Los tiburones avisan al editor “esto es la leche, pero pídele un par más de controles, para asegurarnos que no se columpia”.

Al poco recibes eso de “me ha gustado, te voy a publicar tus resultados, siempre y cuando hagas más experimentos, los que dicen mis colegas”. Los haces y “otia, si sigue saliendo”. Contestas al editor y el trabajo finalmente ve la luz. Mientras la prensa te lanza flores, te hace entrevistas, te ponen una calle en tu pueblo (si eres del norte de los Pirineos, aquí como mucho sales en el Muy Interesante), tus colegas han sacado todo el arsenal termonuclear para destruir tu trabajo, y varios laboratorios se dedican a repetir los experimentos para lanzarte a las catacumbas. Pero no, “otia, a ellos también les funciona”. Y así con el paso del tiempo se va aceptando esa idea revolucionaria o modesta, porque aquí tan importante es el método como el resultado.

Puede que algún día alguien mucho más inteligente o avispado diga “pues no funciona”, y para demostrarlo tenga que volver que andar todo ese camino, porque esa es la forma de llegar a resultados de la máxima certeza posible. Hay pequeñas modificaciones para depurar aún más el proceso, pero en líneas generales, este es un proceso normal que se sigue a diario en todos los laboratorios del mundo.

Pero hay quienes desde el sofá de su casa sin tener conocimientos en la materia y sin hacer el menor trabajo experimental dicen un día “otia funciona” y espera que la humanidad se rinda a sus pies. Y cuando se le pide una fracción ridícula de lo que se le pediría a cualquier científico se lo toman como un ataque hacia su persona y hacia su capacidad intelectual. A muchos eso no les importa porque con una pequeña proporción de la población le crea y pague por ello se da por satisfecho.

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