lunes, 24 de diciembre de 2012

Carta abierta a los supervivientes del 21 de diciembre

Extraido de: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/12/23/carta-abierta-a-los-supervivientes-del-21-de-diciembre/

No voy a entrar en explicar de nuevo porqué eran absurdas las predicciones apocalípticas que auguraban horrores inimaginables para el pasado viernes. Creo que ya lo hemos discutido ampliamente en este blog a lo largo del último año.
Lo que si me gustaría hacer es una reflexión; una reflexión dirigida a todos los que han estado dando una brasa inaguantable sobre el sobrevenir de una nueva era, de una nueva conciencia, de una raza de extraterrestres, de tsunamis demoledores o de la conjunción del espacio-tiempo en un botijo sideral.
Una reflexión dirigida a todos a los que se les ha llenado la boca durante meses sobre el conocimiento de los mayas, el saber de la antigüedad, la avanzada ciencia egipcia o los increíbles legados atlantes.
Una reflexión sobre esos  investigadores alternativos, autores de libros esotéricos, expertos en culturas antiguas y en conocimientos ocultos, estudiosos de las constelaciones, las profecías y los códigos secretos.
Una reflexión sobre tanto mamarracho que se hartó de tachar a los científicos y  a la gente con dos dedos de frente de ignorantes, intolerantes, mentes cerradas y vendidos al capital.

¿Donde narices estáis ahora? ¿Donde os habéis metido todos los astrologuillos, creyentes en anunakis, investigadores de lo oculto y resto de irresponsables defensores de una farsa que ha llevado en el mejor de los casos a asustar a mucha gente y, en el peor, a consecuencias más irreparables como el suicidio?
Ahora que “habéis perdido la apuesta” y habéis podido comprobar de manera directa que todo lo que afirmábais no era más que una sarta de estupideces, ha llegado la hora de pedir responsabilidades. Por supuesto, no me refiero a una responsabilidad penal,  a pesar de que en algunos casos posiblemente no careciera de sentido; me refiero a una responsabilidad moral, si es que os queda algo de moralidad y de ética después de tanta neurona cortocircuitada.
¿Váis a seguir teniendo la desfachatez de continuar argumentando que los egipcios conocían el agujero negro del centro galáctico porque las pirámides de Ghiza emulan el cinturón de Orión? ¿Váis a tener el morro de seguir diciendo que el asendiente en tauro o cuatro versos inconexos de un astrólogo del siglo XVI marcan los acontecimientos del futuro? ¿Seguiréis con la cantinela de que las culturas precolombinas disponían de conocimientos de ingeniería, medicina o astronomía a los que hoy ni nos acercamos? ¿O, de una vez por todas, vais a dejar de intoxicar a la población con tonterías y nos váis a dejar en paz?
No soy adivino, ni astrólogo, ni vidente ni ninguna otra patochada por el estilo, pero sin embargo estoy convencido de conocer previamente la respuesta: NO. No dejaréis de seguir arrojando oscuridad sobre la civilización. No cejaréis en el empeño de que la superstición y el mito oculten la luz del conocimiento. Simplemente, olvidaréis el tremendo patinazo del 21/12/2012 como si no hubiera ocurrido jamás, y adaptaréis una vez más cualquier escrito antiguo mediante una nueva y estrambótica interpretación que nos condenará a ser invadidos en el 2026, a morir bajo un meteorito en el 2030 o a revivir en la conciencia universal en el 2018.
Amén de todos aquellos que escurrirán el bulto en una finta que, no por descarada dejará de ser previsible. Ya me parece estar leyendo a sesudos astrólogos afirmar “nunca dijimos que se acabara el mundo, que vienieran los lagartos, que comenzara una nueva era, que subiera el IVA (táchese lo que no proceda), la astrología es mucho más seria que todo eso, infórmate y no cierres tu mente” o al “experto” en culturas antiguas: “solo unos ignorantes creyeron que el fin del 13 baktun maya significaba un cataclismo, los verdaderos conocedores de esa increible cultura sabíamos y así lo manifestamos que era un cambio de ciclo, un cambio de conciencia que se dejará notar a lo largo de las próximas décadas, lo del fin del mundo fue una maniobra de descrédito de la ciencia oficial contra nosotros los críticos. Por cierto, ya está a la venta mi nuevo libro titulado «Por qué el gobierno nos engaño con el 21 de diciembre»
Pues no, señores, ya no cuela. Ni mente abierta, ni ciencia oficial, ni conspiraciones mundiales ni pepinillos en vinagre. El mundo no se ha acabado el 21 de diciembre porque era un día exactamente igual a cualquier otro, porque el hecho de que el calendario maya finalizara su ciclo de cuenta larga en esa fecha (suponiendo que el cálculo fuera correcto) es pura casualidad, porque las pirámides egipcias no tienen nada que ver con el ciclo del sistema solar en la galaxia y porque los sumerios no sabían más que nosotros de astronomía, por mucho que os atraiga la idea.
Os habéis equivocado porque la mitología no tiene capacidad predictiva, porque la pseudociencia acierta menos que un manco a los bolos y porque todo vuestro edificio teórico, llamémosle astrología, criptohistoria, videncia, espiritualismo, conciencia universal o como os de la real gana llamarlo es una completa majadería sin conexión alguna con la realidad. Habéis metido la pata una vez más porque hasta una mosca de la fruta comprendería que la NASA no es capaz de ocultar un planeta que se aproxima a la Tierra ante cientos de miles de astrónomos profesionales y aficionados, o que los gobiernos no pueden esconder la llegada de naves extraterrestres a un planeta poblado por millones de periodistas y de ciudadanos con cámaras de fotos y telefonos móviles.
Os habéis equivocado porque lo vuestro no es investigación ni conocimiento, sino mitología y desinformación.
Y, repito, se que no cesaréis en vuesta oscurantista labor, pero algo bueno tiene el que no hayamos palmado todos: aquí seguiremos para continuar criticando todas vuestras estupideces.

martes, 30 de octubre de 2012

¿Por qué no puedo aceptar la existencia de Dios?

Extraido de:  http://www.sindioses.org/colGlenys/glenys20121021.html

  • No existen evidencias. La cantidad de pruebas suman, exactamente, cero.
  • El estudio del pasado humano nos presenta una lista enorme de religiones que reflejan las culturas y los tiempos de sus adoradores.
  • La inconsistencia y la debilidad de los argumentos de las religiones del mundo son enormemente palpables.
  • Los libros sagrados no explican absolutamente nada que pueda ayudarnos a comprender mejor la vida y a desarrollar componentes certeros para nuestra salud.
  • Es imposible explicar el terrible estado del planeta a través de la existencia de los dioses. Se han creado muchas vías, desde los caminos misteriosos que no hemos de cuestionar hasta el libre albedrío; ninguna logra exponerlo con claridad y lógica, más bien intentan excusar la inactividad.
  • Explicar la existencia de dioses, profetas, ángeles, vírgenes y demás a través de la ‘perfección de la Biblia’ o cualquier otro libro llamado sagrado, no provee con resultados efectivos ya que está demostrado que esos libros no son de fiar y poseen argumentos, no sólo inválidos sino también retorcidos, intolerantes, prejuiciosos e inútiles.
  • ¿Cuál poder de Dios? “La Biblia nos dice que Dios formó mundos de la nada y separó grandes mares con el poder de su palabra, hoy, sin embargo, sus actos más impresionantes parecen formar bollos pegajosos en los retratos de santos”, expresó en su blog el librepensador Adam Lee.
  • La ciencia ha ido llenando las lagunas que teníamos sobre el conocimiento de la vida y el Universo. Dios ya no es necesario en esos aspectos.
  • Las creencias básicas dependen de la geografía, la cultura y las decisiones de la familia que te críe.
  • Tampoco hay evidencias acerca del alma. Como señaló Thomas Hobbes, “el concepto de una sustancia no sustancial es una contradicción. No es posible imaginar una entidad no-física que tiene vida y percepción. Incluso los creyentes en las almas siempre las imaginan como algo parecido a humanos en forma de nubes o nieblas. Es una ilusión creer que el concepto de alma es concebible. Sin embargo, miles de millones de personas han creído en un perceptor no espacial que puede viajar a través del espacio y percibir e interpretar las vibraciones y ondas en el aire sin ningún tipo de órganos sensoriales”.
  • La neurología y la experimentación con el cerebro nos han regalado resultados estupendos sobre los fenómenos que nos parecían sobrenaturales y paranormales, hasta los más intricados de ellos, como percibir que nos salimos del cuerpo, han sido recreados en los laboratorios de neurología mediante la estimulación neuronal. La psiquiatría y las neurociencias, además, explican racionalmente las variaciones en el cerebro, sus causas y síntomas. Hasta el túnel después de la muerte ha sido descrito como falta de oxígeno en el cerebro.
  • La ciencia actual explica el origen del Universo y la vida sin necesidad de seres inmateriales que tapen lagunas. “Hace mucho tiempo, el hombre, en su ignorancia, creó dioses para darle sentido al mundo. Entonces, cuando esto falló, el hombre creó la ciencia. La ciencia ha sido la forma más eficaz que jamás se ha inventado para descubrir la verdad. Por ejemplo, nosotros no tenemos que orar o exorcizar demonios para sanar enfermos, nosotros curamos con la medicina. La ciencia ha sido, en todos esos sentidos, mucho más eficaz que la religión”, dice Daniel Florien de UnreasonableFaith.com.
  • Ni los dioses ni las religiones han conseguido balancear las injusticias en la vida, los creyentes no viven mejor que los ateos ni tener un dios sobre otro provee con algún mayor beneficio. No tienes que ser bueno para que Dios no te castigue, debes ser bueno para ayudar a tus compañeros Homo sapiens, a las demás especies y al planeta.
  • Los dioses no erradican el cáncer ni el Huntington, no brindan fórmulas médicas o mágicas en los libros sagrados, ni siquiera para ayudar a los pequeños hijos moribundos de sus fieles.
  • Las religiones han demostrado tantas veces no poseer ningún tipo de ética ni respetar los derechos humanos y muchos de sus dioses son inconsistentes, ignorantes, prejuiciosos, ñoños y muchas veces insoportables.
  • El Dios cristiano es masculino, su hijo es varón nacido de una virgen. La Biblia asegura que la mujer surgió de una costilla masculina; sus mitos son arrogantes, repletos de absurdos y sus protagonistas son mayoritariamente machos.
  • Las creencias en fenómenos sobrenaturales han dado origen a toda una gama de conceptos paranormales basados en anécdotas, oscurantismo y avaricia que anuncian el nacimiento de magufos y ufólogos, entre otros.
  • Por último, cito a Ricky Gervais cuando bromea: “¿Por qué no creo en Dios? No, no, no, ¿por qué crees TÚ en Dios? Sin duda, la carga de la prueba recae sobre el creyente. Tú empezaste todo esto. Si se me ocurre decirte: ¿Por qué no crees que puedo volar?, me contestarás: ¿Por qué habría de hacerlo? Y te respondo: Porque es una cuestión de fe. Pues si luego te digo: Demuéstrame que no puedo volar, a ver, sabemos que no se puede demostrar que no se puede ¿o sí? Probablemente tus respuestas serán alejarte, llamar a seguridad o tirarme por la ventana increpando: ¡Entonces vuela, maldito lunático!”.
 Usa tu fe para crecer espiritualmente, para alcanzar la paz y dejar que los demás piensen lo que les parezca, usa tu ética humana para denunciar intolerancias y prejuicios dentro de tu iglesia, de tu partido, de tu país, de tu organización. Estamos en la Tierra y aquí somos los únicos responsables; si tu dios es tan infinitamente poderoso, trascendental e incognoscible, él se encargará de todos nosotros al morir.
Aparentemente, los vivos no son su fuerte.

lunes, 20 de agosto de 2012

El aborto desde el punto de vista científico

Extraido de: http://naturalezayracionalismo.blogspot.com.es/2012/05/v-behaviorurldefaultvmlo.html?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed:+naturalezayracionalismo/xosWj+%28Naturaleza+y+Racionalismo%29


El debate sobre el aborto es difícil por su carga emotiva. Quienes se oponen llaman homicidas a quienes lo practican. Por el contrario, quienes lo defienden postulan que el embrión no es una persona. Por eso, antes de decidir la naturaleza del embrión, hay que saber la realidad biológica sobre la reproducción. Sólo al comprenderla a fondo, se puede concluir sobre los argumentos propuestos. Este artículo pretende brindar precisión en algunos conceptos equívocos e informar de algunos detalles sorprendentes y poco conocidos.
El homicidio es causar la muerte de una persona y por tanto es fundamental comprender qué es una "persona". La exploración del campo semántico de esta palabra muestra características necesarias: individualidad, capacidad de pensar, experimentar sentimientos, tener autoconsciencia, etc. La naturaleza mental de estas cualidades determina una diferencia fundamental entre "ser humano" y "persona". El primero es cualquier miembro nuestra especie en cualquier etapa de desarrollo; por el contrario, una persona es más que un ser humano: es un ser humano con al menos un mínimo de actividad cerebral. Por ejemplo, un óvulo fecundado (zigoto) es un ser humano pero no es una persona; por el contrario, un feto con más de 4 meses ya puede presentar actividad cerebral que permitiría considerarlo una persona en estado incipiente. Esta peculiaridad de que las personas se caracterizan por su vida mental, es la que valida el concepto de "muerte cerebral" de la medicina moderna: un ser humano puede estar vivo sin que viva la persona que otrora fue.

La postura del dios Bíblico sobre el aborto asombraría al creyente común pero esto no obsta para que los opositores al aborto lo rechacen por creer en un "alma" infundida en el zigoto por Dios. Eso lo haría "una persona". Creen también que su dotación genética se determina al unirse óvulo y espermatozoide (gametos) y eso lo haría ya "individuo humano". Creen que al permitirle "el desarrollo natural", se llega invariablemente a un bebé y por ello consideran su interrupción como un acto equiparable moralmente a un homicidio; esto hace que se opongan a las píldoras que evitan la implantación del embrión en el útero. De hecho, muchos creyentes sólo aceptan métodos de control natal "abiertos a la vida" (método del ritmo) porque lo contrario iría contra la Voluntad Perfecta de Dios para engendrar hijos. El extremo es la postura Católica de que "es ya un hombre aquél que lo será", basada en una hipotética "persona en potencia" en el embrión.

Esta postura antiabortista desconoce hechos básicos de la reproducción humana, lo que los lleva a errores que se aclaran a continuación:

1). La dotación genética no se determina al momento de la unión de los gametos. La segunda división meiótica del óvulo ocurre sólo a partir del momento de dicha unión. Esa división recombina de manera aleatoria los genes aportados por la madre, de tal forma que ocurre una especie de "lotería genética" que dura hasta 24 horas a partir de la unión de los gametos. Como en dicho instante no hay identidad genética, no puede haber persona.

2). Ni siquiera cuando hay determinación genética, el destino natural del zigoto es formar un niño. Se estima que por fallos naturales en la implantación y abortos espontáneos, cerca del 60% de los zigotos se pierden sin que la mujer lo perciba. Si los zigotos fueran "personitas indefensas" estaríamos hablando de la mayor catástrofe de salud pública de toda la historia: la muerte continua y natural de cerca de dos terceras partes del relevo generacional en cada momento histórico, sin que ninguna confesión religiosa, ningún partido político, o ningún gremio médico emitiera su alerta, ni pidieran presupuesto nacional para investigar cómo reducir esta mortandad. El que incluso los médicos católicos antiabortistas se hagan los de la vista gorda ante este hecho, dejando morir "naturalmente" a todos esos embriones con tranquilidad, muestra algo evidente: en el fondo saben que el embrión no es una persona.

3). El que haya identidad genética no implica que haya una persona. Cuando hay división temprana, un solo zigoto puede dar origen a dos, tres, o más embriones viables: gemelos idénticos. De hecho, cuando se hace artificialmente en un laboratorio se llama "clonación". Si la división de un embrión (ser humano) produce dos o más humanos viables, entonces el embrión como ser humano es divisible, lo que viola la definición más fundamental de individuo (que no se puede dividir). Si el embrión humano por división puede producir varios seres humanos, entonces el embrión es divisible y por tanto no es una persona.

Para asimilar lo anterior, los creyentes se inventan la explicación de que Dios infunde almas a los embriones divididos para formar "personitas". Pero dejando a un lado el problema de cuál se queda el alma original y cuáles reciben almas nuevas, esto trae otro problema para el dogma de que la vida es un "don de Dios". Si un genetista decide crear incontables clones de un embrión, ¿Dios crearía almas a voluntad del genetista, una para cada clon? ¿Dónde queda la soberanía de Dios sobre la vida humana si crea almas a voluntad del genetista? ¿O acaso Dios no les crea almas por considerar abominable esta práctica, y el experimentador estaría creando vida humana sin alma? Los dogmas religiosos suelen desmoronarse ante la investigación moderna. Este choque es aún más fuerte cuando se considera la clonación a partir de células somáticas de un adulto: ¿Creará Dios almas humanas para embriones creados "abominablemente" a partir de células de un riñón o del cabello? Es comprensible que las religiones impidan la investigación con células pluripotenciales: esta tiene demasiadas consecuencias peligrosas para sus dogmas.

Hay fenómenos naturales más aterradores aún para el creyente en almas. Un par de embriones con dotación genética diferente, pueden fusionarse en un solo embrión conocido como "quimera". Estos individuos, cuando logran sobrevivir, tienen dos códigos genéticos distintos al mismo tiempo, y a veces tienen los dos sexos a la vez (hermafroditismo). El golpe teológico de este hecho es aún más terrible. ¿Qué ocurre con el par de almas cuando un par de zigotos se funden para dar origen a una quimera? ¿Queda un embrión con dos almas? ¿Estas se funden? ¿Qué sentido teológico puede tener la creación de un alma para luego fusionarla con otra o volverla a eliminar incluso antes de salir del vientre materno? Todas estas preguntas preocupantes para los creyentes son tan absurdas racionalmente como las discusiones medievales sobre el sexo de los ángeles. Estos mitos son irrelevantes desde el punto de vista científico e intrascendentes para la ética humana.

Queda demostrado que un zigoto o un embrión no es ni real, ni potencialmente, una persona: su desarrollo depende de circunstancias externas. Puede no implantarse o ser abortado naturalmente en un 60% de casos; puede dividirse para dar origen a otros embriones; dos embriones pueden fusionarse para dar origen a quimeras humanas, etc. Todo esto demuestra que el embrión no es un individuo humano, y por ende no es una persona. Todo el edificio teológico de la infusión del "alma humana" en la concepción se cae aparatosamente ante los hechos científicos. Irónicamente, Santo Tomás de Aquino señalaba la infusión del espíritu a los 40 días de la concepción, mientras que San Agustín de Hipona era más razonable al localizarla muy adelante en la gestación, sólo cuando el feto estaba animado, lo que tiende a coincidir con el concepto científico de cuándo podría comenzar a considerársele persona.

¿Cuál debe ser una postura razonable, científica y ética respecto al aborto? Es simple. Toda la ciencia moderna ha establecido fuera de toda duda que la persona es el resultado del funcionamiento del cerebro. Cualquiera que, como este autor, haya tenido la tristeza de ver cómo seres amados se van diluyendo y desdibujando por un mal de Alzheimer, o quien haya visto el deterioro de la personalidad tras una lesión cerebral, llega a la misma conclusión de Héctor Abad Faciolince en su obra "El olvido que seremos": el "espíritu" no sólo no es inmortal, sino que es más mortal que el cuerpo. Sin cerebro, no hay persona.

Eliminar al embrión mientras no haya un sustrato neuronal suficiente para albergar personalidad, no puede ser considerado homicidio por ninguna persona racional y ética. Es irrelevante que el paso de humano a persona sea gradual: hay momentos antes de los cuales es imposible que exista personalidad (3 meses), y otros después de los cuales ya es evidente que hay un feto que comienza a experimentar la vida intelectiva porque percibe su entorno, siente y reacciona (unos 4 meses). El límite para permitir el aborto debe estar antes de que haya un sistema cerebral activo, sin que importen en absoluto las razones que muevan a la mujer a tomar esta decisión; así es la acertada legislación recientemente aprobada en México. Cualquier intento de aborto después de esta etapa debería estar prohibido, excepto en casos donde estuviera en riesgo la vida de la madre.

Para terminar, es indispensable analizar el argumento más falaz de los esgrimidos en el debate sobre el aborto: el que dice que como el embrión es una persona en potencia, entonces su aborto es homicidio. Dicha postura, el núcleo de la postura cristiana contra el aborto, es una mentira por punta y punta. La primera mentira es afirmar que el embrión en etapas tempranas es una persona; ya se probó que puede no ser ninguna (aborto natural espontáneo en el 60% de los casos), puede terminar siendo varias (gemelos idénticos y clones), o incluso puede llegar a ser "media persona" (cada uno de los embriones que se fusionan en una quimera). Esto implica que el embrión ni siquiera es una persona en potencia. Pero supongamos que el embrión fuera una persona en potencia. ¿Eso lo hace ya lo mismo que una persona? No. Un mendigo con instinto y talento gerencial (millonario en potencia) no es un millonario. Una semilla (árbol en potencia) no es un árbol. Una persona viva (cadáver en potencia) no es un cadáver. La ciencia, la lógica y la razón son inflexibles: un embrión (persona en potencia) no es una persona.

lunes, 25 de junio de 2012

El recurrente tema de Darwin y el nazismo

Extraido de:  http://lacienciaysusdemonios.com/2012/06/25/el-recurrente-tema-de-darwin-y-el-nazismo/

En el año 1990 Mike Godwin, un abogado asiduo del uso del ciberespacio como método de transmisión de información, enunció lo que se ha llamado la ley de Godwin: “A medida que una discusión “online” se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis, tiende a uno”.
Efectivamente, todo debate en Internet acaba con una comparación con los nazis. Y debatir con creacionistas no es una excepción. De hecho los creacionistas emplean uno de estos argumentos con “presunto rigor científico” al afirmar que Hitler es uno de esos ateos que ha sembrado de maldad el mundo, y que su ideología tomó la esencia de la obra “El origen de las especies” de Darwin.
Dejando de lado que la mayoría de los creacionistas ni siquiera se ha leído la primera página del “Origen de las Especies” (incluso dudo que mucho de ellos se hayan leído la Biblia más allá de lo que les subraya el pastor de su iglesia), ambas afirmaciones no son más que una consecuencia de la ley de Godwin, y ambas son falaces.

La única verdad que atesoran es que Hitler fue un asesino de masas, pero ahí tampoco hacen ninguna novedosa contribución. Porque la primera acusación, la del Hitler ateo cae inmediatamente cuando se lee un libro de historia. Hitler fue un cristiano católico. La propia guardia personal de Hitler, las temidas SS, tenían un juramento muy curioso para un cuerpo que es acusado de ser ateo:
Yo te juro, Adolf Hitler, Führer y Canciller del Reich, fidelidad y valor. Prometo obediencia hasta la muerte a ti y a los superiores por ti designados. Que Dios me ayude.
La segunda acusación también cae rápidamente cuando se analizan documentos históricos. Es raro que una persona como Hitler, con nulos conocimientos de historia natural, hubiese leído “El origen de las especies”. Puede que llegara hasta él ciertas deformaciones de la obra, las mismas que emplean aquellos que la quieren degradar. Pero revisando la revista oficial nazi “Die Bücherei” (la biblioteca) de 1935, donde se realiza un listado de las obras que deben ser “purificadas”, una forma “elegante” de decir que van a ser quemadas, nos encontramos en el punto 6 de ese listado con el siguiente tipo de obras a ser eliminadas:
Obras filosóficas y de ciencias naturales o sociales, cuyo contenido trate de positivamente las ideas científicas del darwinismo y el monismo.

En resumen, que a los nazis les gustaba tan poco las ideas de Darwin o el materialismo como a los creacionistas. Así que por mucho que pueda leerse este argumento repetido “ad nauseam” en los foros creacionistas, éste no pasa de ser falso. Nada que sorprenda en dicho tipo de foros.

jueves, 10 de mayo de 2012

Posible, plausible y la tetera de Russell

Extraido de: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/05/09/posible-plausible-y-la-tetera-de-russell/

Hace poco conversaba con un conocido sobre la vida después de la muerte. Yo argumentaba que, al ser incapaz de saber si existe algo después de la vida, no me atrevo a confiar en la realidad de un más allá. Por otro lado, no tengo prueba alguna de que no exista la trascendencia a la muerte, pero tampoco tengo ninguna de que pueda existir un paraíso post-infarto. Prefiero -le dije- disfrutar y trabajar por mejorar esta vida, que es la única de la que estoy seguro de su existencia.
«Tu problema es que eres un incrédulo», me espetó. «Tu mismo has dicho que no hay pruebas de que todo se acabe con la muerte, por lo tanto, es posible que sí haya una vida más allá. ¿Qué daño hace creer en ella?» Mi respuesta, a lo Tim Minchin, fue tajante: «porque no sirve para nada, de igual forma que no sirve para nada creer que el espíritu de Elvis está orbitando Beta Carinae, salvo para idiotizarte y destrozar tu vida».
Dado que le faltaba poco para montar en cólera y acusarme de quemar a Galileo, le aclaré un poco más mi postura intentando suavizar el tono.


Posibilidad y plausibilidad
Hay infinidad de cosas que pueden ser posibles, pero no tantas que puedan llegar a ser plausibles. La diferencia es importante. Según la Real Academia de la Lengua, «posible» es todo aquello que puede ser o suceder. Con nuestros conocimientos actuales, prácticamente cualquier cosa que se nos ocurra es posible, siempre que no viole las leyes de la física. Y aún así, podríamos especular con la existencia de zonas desconocidas de nuestro universo o de otros universos paralelos donde las leyes físicas que conocemos no operen de la misma forma.
Resulta pues posible la existencia de civilizaciones extraterrestres formadas por hongos inteligentes a millones de años luz de nosotros, canales energéticos indetectables y manipulables por oscuros iniciados en un arte sanatorio milenario, diseñadores inteligentes que programaron las condiciones idóneas para que surgiera y evolucionara la vida, o todo un universo inobservable de espíritus energéticos hacia donde se dirige nuestra consciencia trasmutada después de morir  ¿por qué no?

Cualquier cosa sobre la que no podamos demostrar inequívocamente su inexistencia es posible. Sin necesidad de salir de nuestra propia realidad, sería posible la existencia del monstruo del Lago Ness, de Godzilla y hasta de Supermán. Que jamás los hayamos visto y que no haya ni una sola prueba de ellos no demuestra su inexistencia. Sin embargo, a nadie se le ocurriría enseñar Nessiología, Godzillología o Antropología de Kriptón en una universidad, gastar millones de dólares en blindar la costa asiática ante posibles ataques del lagarto gigante o dedicar subvenciones millonarias a fabricar kriptonita por si acaso el superhombre de la capa roja invierte repentinamente sus valores morales.
Y no lo hacemos por mera utilidad. Posiblemente obtendremos mayor beneficio si protegemos el sudeste asiático frente a terremotos, maremotos y tifones que frente a Godzilla. Cabe esperar que salvemos más vidas investigando remedios contra el SIDA o contra el cáncer que sintetizando kriptonita. Se trata de una simple cuestión de probabilidad. No todo lo posible es igual de probable o, dicho de otra forma, no todo lo posible es plausible.

Volviendo a la RAE, plausible significa «atendible, admisible, recomendable» (además de merecedor de aplausos, que es su primera acepción). Obviamente, no todas las posibilidades son igual de admisibles o dignas de atención y en un sistema donde los recursos son limitados, las prioridades deben tomarse precisamente en función de estas consideraciones probabilísticas.
A esto me refiero exactamente cuando afirmo que creer en el más allá no sirve para nada. No puedo trabajar con la idea del más allá, por posible que sea. No tengo herramientas para avanzar en el conocimiento, ni para sacar partido de su existencia, ni para diseñar hipótesis que pueda contrastar. Si dedico mi vida a buscar espíritus, tengo muchísimas papeletas para no haber avanzado un ápice cuando llegue el momento de besar la tierra. Es más, por la experiencia histórica que tenemos, todo lo que haga servirá de poco a las generaciones futuras. No obstante, cada uno puede dedicar su vida a lo que más le plazca, por inútil que pueda ser.

Otra cosa que ya representa un completo absurdo es creer ciegamente en ello por el simple hecho de que sea posible. Puedo respetar el que alguien crea hablar todas las noches con el espíritu de Elvis (aunque no le confiaría a mis hijos durante unas vacaciones), pero lo que no estoy dispuesto a tolerar es que me llamen fundamentalista, dogmático y «mente cerrada» por no creer a pies juntillas tan poco fundamentada afirmación. Es más, estoy en mi derecho de expresar que tal creencia es una mera invención sin base alguna.

Criterios de utilidad y demarcación
Ahora bien, cualquiera puede equivocarse de camino. Resulta evidente que necesitamos un criterio que nos permita diferenciar entre que opciones tienen más probabilidades de dar frutos. Debemos optimizar esfuerzos con la intención de no estar haciéndonos las mismas preguntas durante siglos. Los antiguos griegos pensaron en la probabilidad de que la Tierra se moviera alrededor del Sol, y trabajando en esa dirección hemos llegado hasta los confines del Sistema Solar tras visitar todos nuestros planetas vecinos. Por el contrario, también se preguntaron sobre si lo que percibimos es la realidad o sólo una sombría interpretación que de ella hacen nuestros sentidos, incapaces de ver más allá; más de veinte siglos después, seguimos preguntándonos exactamente lo mismo.
La diferencia fundamental está en la contrastabilidad de la hipótesis o, lo que es lo mismo, en la capacidad que tenemos de poder invalidarla (falsarla) o comprobarla (verificarla). Si una hipótesis es infalsabe e inverificable, no podemos utilizarla para avanzar en nuestro conocimiento, dado que estamos condenados a permanecer eternamente en la pregunta.

 Esto no quiere decir que toda hipótesis pueda ser contrastada en un tiempo razonable. Podemos postular la existencia del monstruo del Lago Ness (algo infalsable pero verificable) o que todos los cuerpos que orbitan una estrella son esféricos (algo inverificable, pero falsable).  En el primer caso, bastaría con capturar a un pleisosaurio en el lago escocés para verificar la hipótesis; en el segundo, bastaría con encontrar un cuerpo no esférico para refutarla. En ambos casos habríamos avanzado: sabríamos que al menos un pleisosaurio llegó hasta el siglo XXI y en el segundo, que existen cuerpos no esféricos orbitando estrellas.

Pero, ¿que ocurre cuando no encontramos ni monstruos ni cuerpos irregulares dando vueltas al sol? También en este caso ambas hipótesis tienen utilidad: cuando más tiempo pase sin poder verificar una hipótesis o sin poder falsar otra, más nos inclinaremos hacia la hipótesis alternativa. De hecho, sabemos que hay cuerpos irregulares orbitando estrellas, porque hemos falsado la segunda hipótesis en numerosas ocasiones. También sabemos que es muy poco probable que exista un pleisosaurio en el Lago Ness, porque tras décadas de exhaustivas búsquedas no hemos sido capaces de encontrar no ya un monstruo, sino ni un solo rastro o avistamiento fiable.
Nadie en su sano juicio tacharía de dogmático o de materialista a quien afirme que cuerpos irregulares orbitan el Sol, o al que dude de la existencia del monstruo del Lago Ness. Es evidente que, en 2012, la existencia de Nessie es posible, pero poco plausible. Siempre, claro, que no se hagan trampas; alguien podría argumentar: «Nessie existe, porque nadie ha demostrado lo contrario». Pero se trataría de un razonamiento falaz, dado que es imposible demostrar que el monstruo del Lago Ness no exista.

El problema viene cuando la hipótesis no es ni falsable ni verificable. Por ejemplo, la existencia de una deidad indetectable que no interviene en el mundo real. Por muchos siglos que transcurran, seremos incapaces de verificarla, dado que en la propia definición se constata tal imposibilidad y, por lo tanto, el paso del tiempo no representa un argumento en contra. Tampoco podemos pretender falsarla, dado que es imposible diseñar un experimento o una observación que la refute. A todas luces, la hipótesis de una deidad indetectable que no interviene en el mundo real es inútil. No sirve para avanzar en el conocimiento, nunca podremos estar más seguros de su veracidad que de su falsedad y jamás sacaremos ningún provecho de ella.
Obviamente, en este caso sería igual de absurdo empecinarse tanto en su existencia como en su no existencia. Simplemente, es un asunto que no puede considerarse, de igual forma que no puede considerarse la presencia de un universo de hongos inteligentes formado por antimateria y situado espacialmente de tal forma que jamás pueda intercambiar información con el nuestro. Por poder, podemos creer en ello, pero deberíamos entender entonces que lo normal es que la gente dudara de nuestra convicción.

El filósofo Beltran Russell, que a juzgar por su aferro a la vida (vivió 97 años), no debía confiar mucho en el más allá, acuño en 1952 una analogía para ilustrar el hecho de que no corresponde al escéptico refutar las hipótesis infalsables de la religión, y que sirve perfectamente para todo tipo de hipótesis posibles pero no plausibles. Russel decía que nadie podría refutar su afirmación de que una tetera lo suficientemente pequeña como para no poder ser observada por los telescopios más potentes, gira alrededor del Sol en una órbita elíptica situada entre Marte y la Tierra. Pero -continuaba el filósofo- si afirmara que dudar de su existencia supone una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana puesto que la afirmación no puede ser refutada, la gente pensaría que estaba diciendo tonterías. Sin embargo, si la tetera fuera mencionada en libros antiguos, enseñada cada domingo como verdad sagrada e instalada en la mente de los niños en la escuela, la duda sobre su existencia sería condenada con la hoguera o el psicoanalista, dependiendo de la época.
De aquí se deriva un problema importante. Alguien puede creer ciegamente en el monstruo del Lago Ness, en los hongos de antimateria o en dioses esquivos. Salvo a su propia inteligencia, no hace daño a nadie. Sin embargo, tratar de imponer esa creencia a los demás escapa de la libertad individual para adentrarse en el adoctrinamiento irracional, en la alienación y en el oscurantismo.
En “El capellán del diablo”, Richard Dawkins refleja perfectamente este peligro, haciendo referencia precisamente a la tetera de Russel:

“La razón por la que la religión organizada merece hostilidad abierta es que, a diferencia de la creencia en la tetera de Russell, la religión es poderosa, influyente, exenta de impuestos y se la inculca sistemáticamente a niños que son demasiado pequeños como para defenderse. Nadie empuja a los niños a pasar sus años de formación memorizando libros locos sobre teteras. Las escuelas subvencionadas por el gobierno no excluyen a los niños cuyos padres prefieren teteras de forma equivocada. Los creyentes en las teteras no lapidan a los no creyentes en las teteras, a los apóstatas de las teteras y a los blasfemos de las teteras. Las madres no advierten a sus hijos en contra de casarse con infieles que creen en tres teteras en lugar de en una sola. La gente que echa primero la leche no da palos en las rodillas a los que echan primero el té.”

Por eso, concluí mi charla, no debemos creer ciegamente en las afirmaciones incontrastables; por eso sí hace daño, mucho daño, creer en determinadas cosas. Por eso debemos luchar contra la ignorancia y la irracionalidad, contra la imposición de mitos y leyendas. Por eso es peligroso y dañino ser condescendientes con la religión, la homeopatía, el reiki o la astrología. La libertad no se defiende dejando imponer teteras en las mentes infantiles, sino impidiendo que la superstición y la irracionalidad nos arrebaten el libre albedrío.

Mi amigo no respondió. No tengo claro si le había convencido o lo que conseguí fue dejarle completamente dormido…

domingo, 15 de abril de 2012

A los Parapsicólogos con Cariño

Por el físico Jaime Nieves

Estimado amante de la parapsicología:

Seré breve porque tengo cita con el psicólogo, que nos vamos a tomar unas cañas y unas patatas bravas y a discutir sobre mi problema de inmadurez y de incapacidad de estudiar el universo, así como mi irracionalidad y mi inestabilidad emocional, que me hace rechazar las creencias estúpidas simplemente porque tengo pruebas en contra... ¡Ya ve usted! ¡Pruebas! Si es que hay cada pirado por ahí... Sin olvidar mi profunda indolencia, que me hace mostrarme indiferente ante la gente que me insulta, en lugar de adoptar una postura sana y equilibrada como la de los magufos y dedicarme a insultar, del mismo modo, a la otra persona.

Así que le doy a usted la razón, querido místico; en efecto, mis argumentos son pueriles y no puedo demostrar ninguna teoría física, mientras que los suyos son tan brillantes y sus pruebas, tan concluyentes... La gravitación es una patraña (Newton era un capullo y Einstein un juerguista). ¿El electromagnetismo? ¡Pura farsa! (James Clerk Maxwell tenía problemas con la bebida, se lo digo yo). Y la astrofísica... vamos, de esa ni hablar (el verdadero nombre de Chandrasekhar era Apu Nahasapemapetilan, y regentó durante años un sucio badulaque en el Pueblo de Springfield; y en cuanto a Edwin Hubble, vestía ropa interior femenina). En cuanto a la física de partículas, qué le voy a contar (Fermi pertenecía a la Mafia, Feynman se pasaba el día tocando los bongos y Gell-Mann inventaba palabras raras como "quark"). Así que la física es una mierda, especialmente al lado de la astrología, que nos ha proporcionado un conocimiento interior tan profundo y apasionante... Y qué decir de los astrólogos, esos bienhechores con túnica cuyos sabios consejos animan a la juventud a interesarse por los misterios del universo como el karma, la reencarnación, la homeopatía, los OVNIS y el no menos apasionante enigma del material con el que se fabrican de las hamburguesas de McDonalds...

En fin, que ¿cómo iba yo a hablar de los planetas, de las estrellas, de la estructura del universo y de las fuerzas y energías fundamentales del cosmos siendo simplemente un físico? Hombre, si no sabes astrología no sabes nada sobre el mundo, eso ya lo decían los antiguos hace 2000 años. Eso, y que había que realizar sacrificios humanos, una costumbre que, por desgracia, se ha ido perdiendo (hay tantas personas que sacrificar y tan poco tiempo...). Vamos, que menos mal que están ustedes aquí para enseñarme el método científico y el pensamiento racional, y para recordarme que las ciencias fundamentales son: astrología, alquimia, espiritismo, ufología, y curanderismo, y no matemáticas, física, química, biología, y geología... En fin, que se me había olvidado en qué plano de existencia vivo, y eso que juego a Dungeons&Dragons y estoy acostumbrado a vérmelas con genios, demonios y otros habitantes de los Planos Exteriores. Seguramente me habré pasado de parada y me habré bajado en un plano de existencia que no era, porque eso de los viajes astrales está muy mal señalizado. Por eso no entendía lo poco que sabe la ciencia moderna y la cantidad de cosas maravillosas que sólo la parapsicología puede explicar, porque para eso están los parapsicólogos: para explicar misterios inexplicables y para que los beneficios de Porsche aumenten de manera espectacular, que buena falta le hace al negocio automovilístico alemán.

Yo criticando y criticando, cuando precisamente por gentuza como yo es por lo que el saber no ha avanzado tanto como debiera. Si ya me lo dicen ustedes los crédulos: “Jaaaime, tienes que ser más lanzaaado, que no nos crees en nada estuuúpido, que siempre te pones muy esceeéptico, y a este paso nunca te nos vas a echar novia...”, pero yo erre que erre con mis racionalismo. Y es que tienen ustedes razón, en lugar de empecinarme en decir que algo es una patraña maloliente por el insignificante hecho de que haya cientos de pruebas en contra, debería arriesgarme y apoyar las ingeniosas tesis de la parapsicología. Porque al final tendré que admitir la evidencia, y evidentemente la astrología y todas esas cosas son tan reales como las gambas superinteligentes y la bondad de Sadam Hussein, por poner sólo dos ejemplos de cosas reales (pero reales, reales, reales, ¿eh?)... Y además es mejor aceptar estas cosas cuanto antes... si luego es mucho más divertido engañar a un merluzo haciéndole creer que puedes adivinar el futuro. Y encima te llevas su pasta. Y el muy lerdo todavía se irá a su casa poniéndome por las nubes por todo lo que le he ayudado, y por eso de la ley de la oferta y la demanda me enriqueceré en un plisplás, porque, como dice la Biblia, “el número de tontos es infinito”. Bueno, sí, estaré engañando a ese pobre ingenuo, forzándole a vivir en una mentira y quizá incitándole a tomar malas decisiones, pero bueno... nada que una tapita de caviar iraní y un poco champán francés no puedan arreglar. Me acostumbraré a estafar, como se acostumbraron todos los videntes que me precedieron. Luego hasta se olvida que es una estafa, y uno se cree que de verdad toda esa enorme bola de mierda es una realidad profunda del cosmos.

Que sí, que está claro, que la astrología no es un dogma. Que sólo se acepta lo que funciona. Y las estadísticas que dicen que la tasa de fallos de los astrólogos es del 90% son sólo un montaje de los arrogantes cientifistas para quitarles el negocio a los humildes videntes. Vamos, que los científicos no tienen bastante con sus castillos, sus limusinas y sus rubias despampanantes como para, encima, quitarles el sustento y descalificar sin fundamento alguno a los pobres parapsicólogos, que apenas tienen un faisán con ostras que llevarse a la boca. Pobrecillos los parapsicólogos, con lo humildes y buenos que son, qué majos, con lo que nos ayudan y nos orientan. ¡Huy! ¡Y lo que saben! Si vas a un astrólogo (pero a uno de los buenos, no vayas a ir a uno que de verdad pueda predecir algo, que la liamos), y le pides que te cuente cuál es la explicación de la inusual precesión del perihelio de Mercurio, te dirá "¿y qué carajos es eso?" No pienses que es ignorancia ¿eh? ¡Pura filosofía oriental! Te está forzando a aprenderlo por ti solo... Te está enseñando a descubrir las cosas por ti mismo ¿Se puede pedir más? ¿Por qué acudir a la Relatividad General para entender el movimiento planetario cuando es más fácil no entenderlo y decir que vale para predecir el futuro, que es más fácil, divertido, gratificante y lucrativo? Y además, después, en los foros de Internet, no tenemos que defender la astrología. Basta con soltar una retahíla de argumentos sin sentido camuflados con un poco de jerga seudofilosófica y cuasitrascendental y... ¡bingo! Podemos irnos tranquilamente a dormir sabiendo que hemos contribuido a perpetuar el conocimiento y la verdad en el mundo.

Porque, a ver ¿para qué nos sirve la ciencia tendiendo parapsicología? Hombre, está lo de la medicina, que ha duplicado nuestra experiencia de vida en apenas un siglo; pero, claro, eso es porque previamente los curanderos y homeópatas habían mantenido vivos a los médicos, con lo cual el mérito es del curanderismo. La verdad es que también están las fibras sintéticas, los nuevos materiales, el teléfono, la electricidad, los automóviles, la televisión, Internet, la agricultura y ganadería modernas, los bolígrafos, los faxes, los aires acondicionados, las lacas para el pelo, los CDs, los aviones, los microchips, el agua corriente, la ingeniería, los secadores de pelo, los medicamentos, el cine, la radio, los periódicos, la calefacción, los sistemas de saneamiento... Pero, claro, todas esas cosas se han desarrollado porque los astros han influido sobre la gente para que descubrieran todas esas cosas, de modo que al final todo está en la astrología. ¡Qué haríamos sin astrología, Santa Bárbara bendita, madre de San Agustín! ¡Y sin todas esas pseudociencias que nos enseñan lo ridículamente infantil que es el cosmos y lo grandiosamente prepotentes que somos dentro de una creación que no conocemos y que no queremos entender!

No puedo creerme que haya sido tan ignorante como para hostigar a los sabios de las pseudociencias. Porque vamos a ver, sólo porque el hecho de que a Galileo quisieran quemarle por motivos religiosos, no vamos nosotros a criticar a la astrología sólo porque tengamos razones para hacerlo. Eso es ser vengativo, y además cruel y despiadado. Y es que criticar con argumentos las ideas erróneas es muuucho más despreciable que matar a una persona por puro dogmatismo. Pido disculpas.

Y luego está toda esa Naturaleza Mística que se extiende ante mis ojos, y yo empeñado en dedicarme a la naturaleza real, que carece de todo interés. En fin, ¡cuánto les admiro, amantes de la pseudociencia, por ser capaz de leer el maravilloso libro de la Naturaleza Mística! Yo ya me he comprado un ejemplar de ese libro, encuadernado en lujoso cartoné, con prólogo del señor Zeus, Ph.D. (profesor de la universidad del Monte Olimpo) y prefacio de Mr. Odín (de la Escuela Superior de Artes Bélicas del Valhalla). Y además me regalan un DVD con entrevistas exclusivas a espíritus famosos, en los que nos cuentan, de modo distendido, cómo es la vida en el Otro Mundo, qué es lo que se lleva (creo que este eón vuelven los tonos pastel) y todo eso... Y prometo leer el libro de la Naturaleza Mística, para, en lugar de perder el tiempo tratando de entender el universo real que me rodea, pueda conocer el maravilloso mundo imaginario del espiritualismo místico trascendente vital energético, y así pueda convertirme en un feliz ignorante convencido de mi superioridad mental aún en ausencia de justificaciones morales o lógicas. Y para poder leer ese libro, que nadie me moleste y me sumerja en un viaje sin escalas hacia el autoconocimiento, me voy a tomar unas vacaciones en el País del Chocolate, donde las aceras son de caramelo y las farolas de regaliz, donde llueve nuez moscada y las casas están hechas de mazapán...

Porque, puestos a sumergirnos en fantasías inútiles, ya que soy fan de Star Wars y El Señor de los Anillos ¿por qué no serlo de la astrología? Bueno, para esto sí tengo un argumento, y perdóneme usted por usar mi pueril e inmadura lógica (incomparable con el fastuoso poder del misticismo): Star Wars y El Señor de los Anillos son mucho, pero que mucho más divertidas que la parapsicología. Y si no ¿a quién le sienta mejor la capa, a Rappel o a Darth Vader? Y ¿qué naves molan más, las de la Flota Imperial o los OVNIs que sólo avistan los magufos? ¿Y qué poderes son más impresionantes, los de un astrólogo barriobajero o los de Gandalf el Gris? Y ya puestos, ¿quién no diría que soy como un héroe de fantasía, defensor del bien y la verdad, humilde pero valeroso, en una eterna lucha contra la maldad y la tiranía, contra la oscuridad y la ignorancia, al más puro estilo Frodo vs. Sauron o Skywalker vs. Palpatine?

En fin, Pilarín, que antes de despedirme por penúltima vez, sólo me queda poner un ejemplo de lógica aplastante e irrefutable, al más puro estilo de los parapsicólogos y familia, cuya sabiduría y racionalidad debería servirnos a todos como guía para poder romper las barreras del conocimiento y propugnar la ignorancia y la estupidez como estandarte de nuestras vidas. Y así podríamos proponer cualquier ridícula teoría sin miedo a que algún listillo nos la pise basándose en "pruebas". Porque hay por ahí muchas teorías interesantes que entran dentro del campo de lo puramente misticotrascendentespirituoso que han sido duramente criticadas por los capullos científicos inmaduros y frustrados, pero que al mismo tiempo explican cosas que la ciencia no puede ni soñar en alcanzar, y que nos ayudan a ser más espirituales y, mayormente, más imbéciles. Por ejemplo: el alma de las alubias, la predicción del futuro según los posos de aceite del cárter de un motor de seis cilindros en uve, los divertidos y siempre sorprendentes juegos de cartas que los espíritus practican en el Más Allá (como el tute astral y el mus etéreo), las zarigüeyas alienígenas de Mozambique, las carrozas del orgullo gay en el antiguo Egipto, los ovnis con publicidad de Pirelli en los alerones (por aquello de que la potencia sin control no sirve de nada) y las ancestrales civilizaciones perdidas de Villarejo del Monte, cuyos conocimientos sobre fontanería superan con mucho al de nuestros actuales y bien preparados técnicos, esos que enseñan el culo cuando se agachan y sentencian: «Si. Aquí ejtá el prioblema».

Pues eso, que ahí va ese ejemplo de lógica aplastante:

Hace poco, unos científicos alemanes realizaron una excavación arqueológica, y descubrieron pequeños trozos de cobre a 50 metros de profundidad. Tras estudiar las muestras, llegaron a la conclusión de que los antiguos pueblos germánicos disponían de una red telefónica de hilo de cobre hace unos 2.500 años.

Los chinos no quisieron ser menos, iniciaron sus propias excavaciones y descubrieron restos de vidrio a 100 metros de profundidad. Llegaron a la conclusión de que los antiguos pobladores del este de Asia hace 5.000 años poseían una compleja red de comunicaciones por fibra óptica.

Así que los españoles se pusieron a excavar como locos, y a nada menos que 200 metros de profundidad, en un yacimiento de Cuenca... no descubrieron absolutamente nada. Así que nuestros sabios llegaron a la conclusión lógica de que en España, hace 12.000 años, nuestros ancestros ya tenían teléfonos móviles...

Y es que no hay nada como usar la lógica. ¡Y si no, preguntadle a un astrólogo!

Un saludo

viernes, 23 de marzo de 2012

Por poder ser, puede ser…

Extraido de: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/03/22/por-poder-ser-puede-ser/

Utilizar una herramienta suele requerir un periodo de aprendizaje directamente proporcional a la complejidad de la misma. Así, no resulta complicado aprender a usar un destornillador, pero cuesta un poco más manejar con soltura un osciloscopio. Lógicamente, algunas herramientas requieren un conocimiento teórico más elevado que otras: el destornillador únicamente precisa entender como funciona un tornillo, pero para usar el osciloscopio debemos saber de señales eléctricas, ondas y electrónica. Además de todo esto, para manejarlas con habilidad se precisa cierta práctica, también dependiente de la dificultad del utensilio y de la técnica empleada.

Con los instrumentos intelectuales ocurre exactamente lo mismo. Los niños no nacen sabiendo razonar, sino que es algo que aprenden con el tiempo y la práctica. De igual forma, la capacidad de formular una hipótesis válida no es algo innato, debe aprenderse mediante el estudio y la práctica.

Utilizando un ejemplo muy sencillo, podemos presentar el sigiente razonamiento: “Los perros tienen orejas, yo tengo orejas, luego yo soy un perro“. Obviamente, hasta un niño de cinco años detectará el error en el razonamiento, pero no por haber reconocido la falacia, sino porque hemos hecho trampa. Un niño -y el adulto más obtuso- saben que un perro no es un ser humano y que por lo tanto yo no puedo ser un perro. Con ello, invalidan el razonamiento por la evaluación directa de la conclusión final, no de las dos premisas anteriores.

Reformulemos el razonamiento y podremos comprobar que la detección no es tan fácil: “La energía solar que alcanza a los planetas exteriores no es suficiente como para mantener el agua en estado líquido, por lo que no pueden existir océanos de agua líquida en un planeta exterior“. Este segundo ejemplo es más complejo por las razones que esgrimíamos al hablar de las herramientas. Para comprender si este razonamiento es falaz o no, debemos saber utilizar el método, en este caso el razonamiento; deberíamos saber si el hecho de que el sol no caliente lo suficiente es un factor limitante para que pueda existir agua líquida. Es decir, debemos saber si la conclusión se desprende de la premisa. Pero aún antes de ésto, deberíamos asegurarnos de que la premisa es válida: todos sabemos que los perros y los humanos tienen orejas, pero ¿sabemos cuál es la temperatura de superficie de Plutón?

Una sencilla búsqueda nos muestra que si anduviéramos por el distante planeta enano nos encontraríamos nada menos que a -230 °C, lo que parece corroborar la premisa. Pero ahora viene la segunda parte: ¿es imprescindible una radiación solar elevada para que exista un océano de agua líquida?. De nuevo debemos recurrir a los conocimientos para poder evaluar el razonamiento, dado que a priori la premisa únicamente implica que la temperatura que proporciona la radiación solar no es suficiente para que el agua alcance el estado líquido, pero no que sea la única forma de obtener agua en estado líquido.

Y, efectivamente, pueden existir otros medios por los cuales el planeta podría calentarse, como una intensa actividad geológica o unas fuerzas de marea considerables. De hecho, es lo que ocurre en Europa, una de las lunas de Júpiter que parece poseer un enorme océano de agua líquida bajo su helada superficie, cuya temperatura ecuatorial se sitúa en unos -160 °C.

Armados pues con las herramientas y el conocimiento necesarios, podemos no solamente detectar un camelo o un error, sino continuar con una interesante discusión. Por el contrario, cuando el desconocimiento y la arrogancia nos impiden comprender que no sabemos usar un destornillador, nos liamos a golpes con el tornillo, destrozaremos la cabeza de éste y la punta de la herramienta. Pero eso sí, echaremos la culpa al sistema corrupto y a la carpintería “oficial” que nos engaña y manipula diciendo que con un destornillador puedes introducir un tornillo en un tablón de madera.

Puede parecer que este argumento es muy simplista y que nadie se deja llevar por tales errores, y aún menos utilizarlos para construir descabelladas y absurdas teorías que defender a capa y espada contra los oficialistas de mentes cerradas, los cuales solo creen en los dogmas científicos que les inculcan desde el poder. Sin embargo, tristemente ocurre, y es frecuente encontrar quien te argumente que existe un agujero en el Polo Norte porque los mapas de Google muestran un área negra sin cartografiar, o que una zona del cielo en la que no se ven estrellas se debe a que la NASA oculta con extraños y ultrasecretos aparatos la presencia de planeta gigante se acerca a destruir la Tierra.

Pues no, que haya una zona sin cartografiar en el Polo solo demuestra que hay una zona sin cartografiar en el Polo. Allí podría haber un elefante gigante, un agujero a las antípodas, una réplica de la Pirámide de Keops o lo que, por otro lado, muestran muchas otras fotografías y expediciones: hielo.

Esto nos lleva a otro gran error en la utilización de las herramientas racionales, y que suelo llamar el “es así porque puede serlo“. Se trata de un razonamiento infantil, posiblemente arraigado en nuestra especie como uno de los caracteres adaptativos de más valor y que resulta muy útil a la hora de preguntarnos por el funcionamiento de nuestro entorno, suponiendo la base de cualquier actividad investigadora.

Desde el principio de nuestra historia, el ser humano se ha hecho preguntas sobre el mundo que le rodea y ha tratado de responderlas. El cómo se responden y, sobre todo, la capacidad de predicción y manipulación que otorga la respuesta es algo muy importante para el avance y supervivencia, no solo del individuo, sino de toda la comunidad. Así, cuando las sociedades primitivas se preguntaron por la causa de la lluvia y dieron una explicación mitológica a la misma, comenzaron a realizar ceremonias para agradar a los dioses y atraer el preciado líquido del cielo.

Decimos que es un carácter altamente adaptativo porque, aunque sea por mero azar, encontrar una explicación a un fenómeno y poder influir en su funcionamiento es altamente útil. Imaginaros si hubiera sido verdad lo de los dioses y la lluvia: el problema de las sequías y las hambrunas se habráin resuelto hace miles de años, simplemente con unas buenas raciones de rezos.

El problema es que una explicación inventada puede ser cierta o falsa. Los dioses pueden hacer llover, pero también pueden hacerlo otra multitud de causas que nuestros ancestros no podrían ni llegar a imaginar. De esta forma, la herramienta de inventarse explicaciones es útil, pero poco eficiente. Afortunadamente, otros fenómenos eran más previsibles que la lluvia, y una observación detallada permitió alcanzar mayores éxitos. Las cíclicas crecidas del Nilo en el antiguo Egipto o la marcada estacionalidad de las regiones templadas, permitieron planificar una agricultura con unos resultados más que positivos.

Pero la revolución en cuanto a conocimiento y capacidad de manipular nuestro medio vino con una mejora considerable de la herramienta, que le proporcionó un componente extremadamente valioso: poder evaluar si la explicación dada tenía más o menos posibilidades de ser cierta. Esto permitió poner a prueba distintas alternativas, y avanzar sobre las que tenían mayores probabilidades de éxito. Así se dejaron de dar palos de ciego para construir caminos basados en la validación previa de una explicación, como punto de partida para la siguiente. La nueva estrategia, que permtió avanzar en pocos siglos mucho más que en decenas de miles de años se denominó «ciencia», y a la herramienta que utilizaba se la bautizó como «método científico».

Como todos, este nuevo utensilio tiene su forma de utilización, y debe hacerse correctamente, so pena de acabar dando martillazos con un destornillador. Básicamente, el método consiste en formular una posible explicación (hipótesis) para los hechos observados; pero lejos de quedarse ahí, debemos idear la manera de comprobar si esta explicación es inválida. Debemos ponera a prueba, de manera que si resiste las pruebas, podamos seguir por ese camino y si, por el contrario, los experimentos contradicen la hipótesis, la descartaremos y buscaremos una nueva.

Este sistema es utilísimo y nos ha permitido llegar a la Luna, curar enfermedades que ni conocíamos o comunicarnos con la otra punta del planeta de forma prácticamente inmediata. Sin embargo, también tiene sus limitaciones: de igual forma que un destornillador necesita un tornillo con una muesca en su cabeza y es impotente ante un tornillo plano, el método científico necesita hipótesis que puedan ser puestas a prueba. No puede trabajar con explicaciones incontrastables.

Así pues, la explicación “la longevidad de una persona depende de su signo del zodiaco” es perfectamente contrastable: podemos realizar un estudio estadístico en un número lo suficientemente grande de personas como para saber si existen diferencias significativas entre los nacidos bajo distinto signo. En caso afirmativo, seguiremos investigando por esa línea, tratando de explicar el porqué. En caso negativo, abandonaremos esa hipótesis y buscaremos otra que probar. La aplicación práctica de este método es indudable, dado que si la hipótesis nos resulta fiable (y será más fiable cuanto más datos y observaciones coincidan con ella), podríamos proponer a los padres que planificaran los nacimientos para las fechas más proclives a la longevidad. Obviamente, si hacemos tal cosa sin comprobar previamente la hipótesis, estamos haciendo el canelo, y seguiremos mueriendo sin saber porqué, aunque en plena autocomplaciencia.

Sin embargo, la hipótesis “hay un dragón invisible e indetectable en mi garaje” no puede ser abordada científicamente, no podemos ni comprobarla ni rechazarla. Puede que sea cierta, pero como no hay forma de saberlo, no podemos avanzar sobre ella. Basar nuestra forma de vida en una religión construida sobre el supuesto del dragón indetectable no resulta algo por lo que merezca la pena apostar, y tratar de sanar una enfermedad dispensando aliento invisible de dragón indetectable sería considerado como una temeridad por cualquier persona en su sano juicio.

Pues bien, aunque de nuevo parezca mentira, el error de quedarse en la primera fase del proceso es mucho más común de lo que sería deseable. Desgraciadamente, es muy frecuente enfrentarse a razonamientos que pretenden validar una explicación por el mero hecho de que “puede ser así”, sin comprobaciones posteriores. Como mucho, nuestro interlocutor lanzará el consabido “no se ha demostrado que no sea así, y si lo quieres negar, demuestra que es falso”.

Acabemos con un último ejemplo de este razonamiento erróneo: supongamos que nos preguntamos sobre la causa de la espondilitis anquilosante y nos inventamos una explicación; por ejemplo, que está producida por un desequilibrio de nuestra energía interna. En lugar de tratar de probar tal hipótesis, simplemente la damos por buena y seguimos avanzando, formulando un posible tratamiento: dado que sabemos que los imanes son capaces de orientar determinado tipo de partículas en una misma dirección, postulamos que la aplicación de unos imanes orientará los canales energéticos desequilibrados y mejorará la salud del enfermo. Ni cortos ni perezosos, nos ponemos manos a la obra y, de vez en cuando, algún paciente mejora. Ya está, damos por buena la técnica y la proclamamos a los cuatro vientos como un éxito de la medicina alternativa.

Gran error, que nos devuelve a los tiempos precientíficos, y nos condena a seguir acertando por mero azar. No hemos comprobado la premisa (no sabemos ni siquiera si existen esos canales de energía), hemos realizado un razonamiento falaz: que los imanes sean capaces de orientar partículas metálicas no significa que puedan orientar flujos energéticos que además desconocemos. Por último, el que algunos pacientes muestren mejoría no demuestra que la técnica funcione, a veces la espondilitis anquilosante remite espontáneamente, y deberíamos comprobar si el porcentaje de pacientes curados es significativamente superior a un conjunto similar tratado con placebo.

Este método es antiguo, y lo hemos seguido durante milenios. No es inútil, ya que también ofrece resultados: a lo largo del tiempo, se van fijando las prácticas que dan una mejor respuesta, y así se han obtenido desde tiempo inmemorial remedios curativos como muchas plantas medicinales, masajes terapéuticos, etc. El problema es que, al no basarse en un conocimiento real, resulta muy difícil avanzar una vez que por causalidad hemos obtenido buenos resultados. Por otro lado, el avance es lentísimo, consistiendo únicamente en el relevo paulatino de aquellos métodos que parecen dar mejores frutos. Esto explica que la medicina, la biología o la física haya avanzado en los últimos 300 años más que en los 30.000 anteriores, mientras que la homeopatía, la astrología o el reiki siguen en el mismo estado que cuando fueron inventadas.

Por ello, seguiremos insistiendo: para que algo sea cierto no basta con que sea posible. No se trata de abrir la mente, sino de no perder un tiempo muy valioso. Podría existir una tetera orbitando Plutón, pero si no hay forma de comprobarlo, estaríamos intentando atornillar un tirafondo con la cabeza plana…

viernes, 2 de marzo de 2012

Dios una idea creada por el cerebro: Neurobiólogo Francisco Mora

Extraido de: http://blog-sin-dioses.blogspot.com/2012/02/dios-una-idea-creada-por-el-cerebro.html

El neurocientífico Francisco Mora dice que "no hay ninguna fuerza sobrenatural detrás de la aparición del hombre. Somos consecuencia de un proceso azaroso"

Por: L. A. Gámez

La pasión de Francisco Mora se refleja en su tono de voz, apenasunsusurro cuando desarrolla un argumento, pero un trueno cuando remarca la conclusión.

Catedrático de las universidades Complutense y de Iowa, el autor del libro 'El dios de cada uno' visitó Bilbao para hablar de Dios, dentro de los 'Coloquios Escépticos'.

- Sostiene que la neurociencia niega la existencia de un dios universal.

-Sí. La biología evolutiva nos dice que el hombre es consecuencia de un proceso azaroso, en el sentido de que los genes mutan aleatoriamente y solo el determinante ambiental hace que tengan un valor y el portador sobreviva o no. La ley sagrada en biología es la superviviencia. No hay más ley que aquélla que empuja al ser vivo a mantenerse vivo. No hay ningún 'diseño inteligente', ninguna fuerza sobrenatural detrás de la aparición del hombre.

- Somos fruto del azar.

-Sin duda. Y el resultado, tras 3 o 4 millones de años de evolución, es el cerebro humano, que desde los australopitecinos hasta nosotros ha aumentado su peso y complejidad enormemente. Ha pasado de 400 gramos -lo que pesa el de un chimpancé- a 1.450, lo que pesa el nuestro. Y hay otra diferencia importante: el cerebro de un chimpancé pesa al nacer el 75% del peso que alcanzará en su máximo desarrollo.

- El nuestro mucho menos, ¿no?

- Un 25%, aproximadamente, de lo que pesará de adulto. Eso quiere decir que el cerebro humano se construye y desarrolla casi todo fuera del claustro materno, es decir, en interacción constante con el entorno físico, emocional y social, al que absorbe transformándolo en física y química cerebral. Y, así, la bioquímica cambia la anatomía, la anatomía cambia la fisiología -que es la función- y la función da expresión a cada ser humano. Es algo extraordinario porque esa plasticidad que se da fuera del claustro materno es la que hace al ser humano lo que es.

- ¿A qué se debe esa particularidad?

- A que hubo un momento en la evolución en que la posición erguida impidió el desarrollo de una pelvis acorde con lo que habían sido las normas biológicas hasta entonces. Hubiese sido necesaria una pelvis cada vez más grande para albergar un canal del parto que permitiese dar a la luz un ser vivo con una proporcionalidad del cerebro tal cual había sido hasta ese momento. La postura erguida implica que la defensa radica en correr y, para correr eficientemente en esa postura, hay que tener la pelvis pequeña. Por eso, fue saliendo cada vez una cría con un cerebro más inmaduro. Pero gracias a eso, insisto, el ser humano es el que es.

Dios y la evolución

- ¿Dónde y cuándo entra Dios en escena?

- Dios es solo una idea sin contrapartida alguna en la realidad sensorial. El hombre es un producto evolutivo. No parece necesario acudir a nada sobrenatural para explicar que estemos aquí. Esto lo comparten la mayoría de los científicos y, particularmente, los biólogos. Toda nuestra interacción con el mundo es a través del cerebro. No hay nada que no haya sido producido por nuestro cerebro y sus códigos. Dios es una idea, como todas, construida por los códigos cognitivos. Incluso la realidad que vemos es producida, en parte, por nuestro cerebro. Son los códigos que traes de serie en el cerebro los que construyen para ti el mundo solo con un objetivo: ¡mantenerte vivo!

- Para mantenerse vivo él, que soy yo.

-Naturalmente. Nuestro cerebro tiene la capacidad de construir ideas. Usted sabe que tiene una idea de caballo que no concuerda con ninguno de los caballos que existen. Después de ver muchos caballos y por el aprendizaje, los códigos neuronales del cerebro son capaces de crear una especie de patrón en el que encajan todos los caballos. Esto es un abstracto, una idea, esa esencia inteligente, como la llamaría Platón. Ahora bien, esa idea de caballo cobra realidad cada vez que ve un caballo concreto, que cada vez es diferente. Y lo mismo pasa con todo. Nacemos con patrones que crean esas ideas, que constituyen la esencia del lenguaje humano. Y, gracias a ellas, podemos comunicarnos tan rápidamente con los demás sin bajar 'a los concretos', utilizando los abstractos.

- ¿Y Dios?

- Como todas, la de Dios es una idea creada por el cerebro; pero nunca cobra realidad porque Dios no está en el mundo.Si tratamos de encontrar en la realidad un reflejo de la idea de Dios, nos damos cuenta de que no existe. El mundo no alberga nada que encaje con la idea de Dios que tengo en mi cabeza. Por eso, Dios es solo una idea.

Pensamiento mágico

- Pero en el pasado ha habido quien ha visto a Dios.

-La única manera que han tenido las religiones de sustanciar la existencia de Dios es hacerlo real, traerlo al mundo. ¿Cómo? Haciéndolo renacer tras la muerte, como en el cristianismo, o con apariciones sobrenaturales en tiempos bárbaros de la Historia, como diría David Hume. Respecto a los libros sagrados, ¿quién los ha escrito sino un ser humano? Los dioses, únicos o no, son el corazón de la identidad de los pueblos en su nacimiento. ¿Qué es lo que cuentan los libros sagrados? Que Dios estuvo en la Tierra, o apareció, o le dijo a alguien algo... Y así cada dios fue cobrando una identidad y una realidad a través de la memoria de los pueblos. Libros escritos en los tiempos del pensamiento mágico. Hoy, la Biblia no tiene ningún valor como prueba fehaciente de que haya existido una divinidad. Una cosa es evidente, si hoy entra alguien por la puerta y dice que acaba de hablar con Dios o que por la noche le visita, sin duda, pensarás que sufre algún problema mental.

- Hace siglos que Dios no se manifiesta en el mundo como en la Biblia.

-Dios se ha diluido ante el análisis y la aplicación del método científico. Hemos pasado del pensamiento mágico al crítico. Pensamiento mágico es el que no relaciona de modo riguroso causa y efecto. Hay un ejemplo que lo explica muy bien. Llega un explorador a una tribu, le reciben bien, y se desata una tormenta que mata a varios miembros de la tribu. Al cabo de un tiempo, regresa y vuelve a pasar lo mismo. Pero, a la tercera visita, el jefe se para a pensar y manda matar al explorador nada más asomar la cabeza. ¿Por qué? Porque trae consigo espíritus malignos que provocan tormentas que matan a gente de la tribu. Eso es pensamiento mágico. Causas que no son tales. Lo sobre natural nace porque traemos en el cerebro códigos que alimentan la idea de la sobrenaturalidad.

- ¿La evolución ha favorecido eso?

-¡Así parece! Si a un niño le explicas que las flores surgen de las semillas, no te preguntará luego qué hace o cómo se hacen las semillas, sino 'quién' las hace. Eso es pensamiento animista. A lo largo de la evolución, se ha seleccionado el animismo porque ha tenido un valor para la supervivencia. Cuando surgen la agricultura y la ganadería, el hombre comienza a tener tiempo para charlar y preguntarse por el origen del rayo, por ejemplo. Y empieza a pensar que esa fuerza tan tremenda, que está fuera de él y él no ha hecho,solo puede haber sido hecha por alguien como él, pero que no se ve, que está escondido, que es sobrenatural. O ahí está el caso del Sol, que, de repente, se esconde durante días o semanas, y la cosecha se pierde. ¿Quien dudaría sin más referencias de que el Sol es un ser sobrenatural que está castigando a los hombres?

- Y nacen los dioses.

-Sí. El mundo hasta hace unos 5.000 años fue claramente politeísta. El dios universal es una idea que no tiene más de 4.400 años, cuando Akenatón instituye a Atón como única divinidad. Ahí entró el monoteísmo, la idea de un dios universal, en la Historia. Luego, posiblemente, los autores del Pentateuco se apropiaron de ella porque un grupo unido por un solo dios es más fuerte, más cohesionado y más capaz de defenderse. Ése es el gran valor de la religión. ¿Pero cuál es su sustrato último?

- ¿Responder a para qué estamos aquí?

-Sí, claramente. Pero la religión y la idea de Dios ofrecen una respuesta no contrastada y, desde luego, poco válida para muchos millones de seres humanos, incluidos los budistas. Lo que sí está claro es que la ciencia no da ninguna respuesta. Por eso, la religión tiene todavía un puesto muy prominente en la vida del ser humano. Desde la ciencia solo nos queda hacer lo que el bíblico Moisés: andar el camino con la única meta de hacerlo lo mejor posible para el grupo. El sentido de la vida, de la tuya y de la mía, está en el grupo. Desde que el hombre es hombre, fuera del grupo está muerto.

La era de la postreligión

- ¿Cuánto tiempo les queda a los dioses?

-Nadie lo sabe. Pero sí parece que estamos entrando en la era de la postreligión, en la que posiblemente y poco a poco se vaya perdiendo toda connotación de lo sobrenatural en el mundo. Recientemente, el filósofo George Steiner señaló en un encuentro en Portugal algo así como: "Todas las culturas son mortales. Todas las religiones también. Todas son eventos culturales mortales, como mortales son los hombres que las producen. Y ahora estamos en un periodo de transición. Entramos en la era de la postreligión. El cristianismo va a morir, como ha muerto el marxismo. ¿Qué va a llenar el vacío? ¿Qué nos espera? ¿Qué va a nacer?".

-Estudiar el cerebro conlleva la aparente paradoja de que es el cerebro el que se estudia a sí mismo.

-Podremos entender cómo funciona el cerebro humano en general y cómo construimos el mundo; pero no la realidad última, mi mundo, lo que yo veo y es producto de mis propias vivencias. Cada uno de los 7.000 millones de seres humanos es diferente y, por eso, cuando muere un ser humano, muere todo un universo, porque cada ser humano es irrepetible. De ahí el respeto último, inviolable, más allá de la religión, a la vida de todo ser humano.

martes, 3 de enero de 2012

Lo que puede ser afirmado sin pruebas, puede ser rechazado sin pruebas

Extraido de: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/01/02/lo-que-puede-ser-afirmado-sin-pruebas-puede-ser-rechazado-sin-pruebas/

Cualquier disciplina tiene sus reglas de juego. En derecho, un abogado no puede argumentar que su cliente es inocente porque le da «buenas vibraciones»; necesita aportar pruebas que le sitúen fuera de la escena del delito. En medicina, un neumólogo no puede decirle a un paciente que tiene tuberculosis porque su cupo del año va demasiado bajo y debe equilibrar las estadísticas. Un ingeniero no puede basar los cálculos de resistencia estructural de un puente en la fecha de su boda, por importante que sea para él.

Lejos de ser meros caprichos o dictados de una élite dominante, estas «reglas» no son más que parte de las técnicas que utiliza cada disciplina para funcionar y avanzar en el conocimiento, obtenidas mediante consenso por parte de los profesionales del campo a lo largo de muchos años. Es cierto que determinadas áreas científicas o técnicas son muy complejas, y muchas de estas reglas o procedimientos pueden parecer caprichosos para un no iniciado. También es cierto que a menudo estas reglas cambian, se modifican o se sutituyen por otros procedimientos más modernos y afinados; estos cambios son no solo positivos, sino necesarios para seguir avanzando y mejorando nuestras herramientas de conocimiento.

Muchos niños se quejan de las reglas ortográficas o gramaticales (¿Por qué hay que usar la “h” si no sirve para nada? ¿Qué más da usar la “b” o la “v” si suenan igual?). La labor del maestro consiste en hacer entender (que no imponer) que si un idioma no sigue unas reglas y unas pautas específicas, simplemente desaparece. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua está continuamente modificando reglas, palabras y construcciones del castellano. No hablamos de inmovilismo, que también es garantía de extinción, sino de técnica, de cultura, de conocer y dominar nuestro entorno.

Aber tu ke zave del berde

Ignorar los procedimientos y técnicas de una disciplina no significa ser un rebelde revolucionario superalternativo, sino un simple analfabeto. La rebelión ante el orden establecido es una característica del ser humano, especialmente en ciertos períodos de la vida, que lejos de ser anecdótica resulta extremadamente útil y adaptativa. Sin rebeldía no hay cambio, sin cambio no hay evolución, sin evolución solo queda extinguirse. Pero la rebeldía y el cambio no son sinónimos de destrucción, sino todo lo contrario. Una revolución que nos saque de la dictadura capitalista no tiene que llevar implícita el abandono de la medicina, de la pasteurización o de los viajes espaciales. Una revolución que, además de cambiar las cosas, olvide el pasado está condenada al fracaso. La rebelión no consiste en hacer borrón y cuenta nueva, pues empezando de cero cometeríamos los mismos errores una y otra vez. La verdadera revolución es la que aprende de la historia y construye aprovechando el conocimiento acumulado.

Durante la primera mitad del siglo XX, en la Unión Soviética de Stalin, la biología y la genética sufrieron un retroceso que puso a la URSS en la cola mundial de la investigación y tecnología genética y agraria. El responsable principial de tal desastre, que duró 35 años, fue Trofim Lysenko, un ingeniero agrónomo ucraniano que rechazaba la genética «occidental» por estar basada en conceptos capitalistas y opresores. Bajo un delirante punto de vista biológico-marxista, y siguiendo las tesis de Lamark, Lysenko pensaba que los vegetales podían modelarse por el ambiente al igual que los seres humanos, sin que la genética participara en absoluto. Sin aplicar ningún tipo de metodología científica, que por otra parte desconocía, desarrolló durante varias décadas técnicas de lo más absurdas para conseguir la producción invernal de guisantes, trigo y otros cereales. Sus cultivos jamás funcionaron, pero la propaganda soviética y la locura de Stalin permitieron que un pseudocientífico abocara no sólo a todas las rusias, sino a la vecina China, a grandes períodos de hambruna y a un retraso científico y tecnológico del que tardaron décadas en recuperarse.

El caso de Lysenko es especialmente relevante debido al enorme poder que acumuló, gracias a que supo granjearse la simpatía de la prensa y de los líderes soviéticos. Sin embargo, no es un caso aislado. En nuestros días existen multitud de lysenkos que se creen portadores de la verdad revolucionaria frente a una ciencia enquilosada, caduca y vendida al capital. Lamentablemente, en la inmensa mayoría de los casos, no dejan de ser críos que pretenden eliminar la “h” de en una ortografía y un lenguaje que ni entienden, ni saben utilizar.

No basta con inventarse una explicación

Existe un campo transversal en ciencia que continuamente está sufriendo ataques por parte de estos supuestos alternativos y rebeldes de pacotilla: la forma en la que se plantea y contrasta una hipótesis científica y el proceso a través del cual puede llegar a formar parte del corpus general de conocimientos científicos. Como buenos aprendices de Lysenko, critican y desprecian los complicados conocimientos que no comprenden y que son necesarios para poder realizar cualquier aportación válida en su campo, sustityéndolos por hipótesis simplistas dignas de un colegial, para las cuales no es necesaria la formación de la que carecen. Acusan a la «ciencia oficial» de vetarlos por ir en contra de los intereses de la industria, cuando lo que están haciendo es construir naves espaciales de papel maché.

La ciencia no funciona inventándose explicaciones de cualquier forma. Una hipótesis científica debe ser contrastable, y tiene que ser constrastada. Hasta que no se enfrenta a la experimentación y a las pruebas, no sirve de nada. La hipóteis heliocentrista no triunfó por ser una explicación ingeniosa, ni tan siquiera porque fuera posible. El heliocentrismo se impuso por coincidir con las observaciones y explicar el movimiento y la estructura del sistema solar mejor que el geocentrismo.

El ser humano tiende a buscar explicaciones para todo; es una característica innata en nuestra especie y, sin duda alguna, tiene un valor adaptativo enorme. Desde que tenemos constancia, la humanidad se ha preguntado por el movimiento del sol en el cielo, por la alternancia de las estaciones, por las enfermedades y dolencias, por el comportamiento de los animales y por todo lo que le rodea. Tan irrefrenable es esta tendencia que cuando no se ha encontrado explicación, se ha inventado, asignando a diversos seres sobrenaturales la capacidad de generar los fenómenos naturales observados.

La utilidad de esta necesidad de explicarlo todo es indudable: comprender un fenómeno puede permitir manejarlo. Si la lluvia es provocada por los designios de una deidad, el agricultor puede hacer algo por mejorar la cosecha, aunque solo sea rezar al dios correspondiente pidiendo una buena estación; siempre será mejor que simplemente el sentarse impotente a esperar. Sin embargo, y también por mero empirismo, es fácilmente comprobable que el rezo no se corresponde con la lluvia, al menos tan ajustadamente como sería de desear. Así pues, resulta lógico que no solo se busquen explicaciones, sino que pretendamos encontrar cada vez mejores explicaciones que nos permitan una mayor capacidad de manipulación de nuestro entorno; no nos quedamos satisfechos fácilmente. La historia del conocimiento resulta de esta forma un camino continuo, aunque no uniformemente acelerado, desde las concepciones mitológicas y religiosas de las que se servían las primeras sociedades humanas para comprender la naturaleza y el cosmos, hasta la metodología científica de nuestros días.

Diferencia entre ciencia y fantasía

La diferencia más evidente entre una explicación mitológica y una explicación científica sobre el mismo suceso es que la segunda sirve para hacer predicciones y para trabajar con el fenómeno descrito. Podemos creer que la tuberculosis está producida por el enojo de una deidad o por la mala canalización de la energía corporal. El problema es que estas explicaciones son poco útiles. Por mucho que recemos, la mayor parte de los tuberculosos acaban muriendo, de igual forma que si realizamos imposiciones de manos para restaurar el equilibrio energético de los enfermos.

Por el contrario, si con mucho esfuerzo hemos descubierto que la enfermedad está producida por la infección de microorganismos, si sabemos como son estos microbios y entendemos su estructura, fisiología y ciclo vital, podemos tratar la enfermedad con fármacos antimicrobianos que destruyen el patógeno. La diferencia estriba en que de esta forma, el número de muertes se reduce en varios órdenes de magnitud.

La misma comparación podríamos hacer entre física y telekinesia, preguntándonos porqué la Agencia Espacial Europea puede poner satélites en órbita y los prácticantes de la telekinesia no llegan a elevar ni un globo sonda. O bien entre astronomía y astrología, interrogándonos sobre porqué los astrónomos predicen al milisegundo eclipses, cometas y auroras boreales, mientras los astrólogos no han sido capaces, en toda la dilatada historia de la disciplina, de anticipar ni un simple huracán.

Muchos autores se han realizado esta pregunta, y han intentado encontrar definiciones que puedan explicar el éxito y el avance de una disciplina como la química orgánica frente al estancamiento e inutilidad manifiesta de la parapsicología o la homeopatía.

Sin entrar en detalle, dado que solo este aspecto sería objeto de varios artículos independientes, la respuesta es bastante sencilla: la contrastabilidad. La ciencia no se limita a dar explicaciones, sino que continuamente las está situando bajo la lupa de la experiencia. Una hipótesis científica, como decíamos más arriba, es aquella que puede enfrentarse a la experimentación y ser corroborada o rechazada. Una hipótesis científica, para comenzar a ser tomada en cuenta, debe estar apoyada por pruebas, no solo por ideas. Y a más pruebas, más fiable, siempre dentro de la provisionalidad que supone la certeza de que en cualquier momento podrá formularse una hipótesis mejor. Provisionalidad que es garantía de mejora y de avance continuo, dado que siempre se estará buscando una hipótesis que explique de manera más ajustada la realidad observable.

Cuando un científico piensa que determinada enfermedad puede estar causada por un determinado agente patógeno, intenta aislarlo, cultivarlo y observar su reacción ante los antibióticos u otros fármacos disponibles. Tras ello, iniciará una serie de ensayos en animales para determinar la dosis óptima y, a continuación, unas muy controladas pruebas en pacientes humanos. Si todos estos ensayos muestran una sanación estadísticamente significativa y una toxicidad y efectos secundarios asumibles, dirá que ha encontrado un remedio para la enfermedad con una determinada, y generalemente parcial, eficiencia.

Así, el científico dirá: la hipótesis de que el agente X es el causante de la enfermedad está apoyada por su presencia en las personas enfermas, la posibilidad de aislamiento e identificación del microorganismo, y la respuesta significativa frente a agentes antimicrobianos que destruyen el patógeno. Habrá apoyado su hipótesis con pruebas experimentales.

Ahora bien, los de la bata blanca, además de pejilgueros con los experimentos, son muy desconfiados. Incluso presentando todos estos datos, nuestro buen investigador no será creído por la comunidad científica sin más. Otros investigadores repetirán sus experimentos, tratarán de aislar el patógeno, comprobarán su reacción ante el fármaco y realizarán nuevos ensayos clínicos. Hasta que la historia no se repita varias veces, y con los mismos resultados, la nueva hipóteis no comenzará a ser tomada en cuenta, y siempre con reservas. Reservas que se irán diluyendo según pase el tiempo y los datos y nuevos descubrimientos sigan coincidiendo con la hipótesis de partida, pero siempre mantenida de forma provisional, al saber por experiencia que toda hipótesis es susceptible de ser mejorada.

Veamos ahora la presentación de una hipóteis presentada por una disciplina no científica; por ejemplo, pensemos en un homeópata que afirma curar determinada dolencia (p.e. tuberculosis) mediante la ingestión de agua que ha estado en contacto con una sustancia determinada (p.e. Arsenicum Album). El homeópata soltará la hipótesis de que la enfermedad no existe como entidad, sino que se trata de un desequilibrio de la fuerza vital del organismo en su conjunto, un origen espiritual que atrae a los miasmas que producen los síntomas de la enfermedad. Según su hipótesis, el suministro de un tóxico que produzca los mismos síntomas que el desequilibrio vital, repondrá éste y sanara al paciente.

La enorme diferencia es que las bases teóricas de la hipótesis del sanador alternativo no han sido confirmadas; no existe ningua prueba de su existencia, no se ha detectado jamás fuerza vital alguna, ni equilibrio energético, ni nada por el estilo. No sabemos en que consiste, en caso de que existiera, con lo que dificilmente comprendemos cómo puede alterarse y aún menos restaurarse. Debemos creer, sin prueba alguna y como premisa, la existencia de una fuerza indetectable, construyendo sobre ella un complejo edificio de naipes sobre supuestas alteraciones y equilibrios. Lógicamente, si la premisa resulta falsa, todo el edificio se viene abajo. Pero además, el resto de las plantas del inmueble pseudocientífico son tan frágiles como los cimientos: nunca se ha demostrado que un producto que produce los mismos síntomas que una enfermedad cure ésta y sabemos, por los principios más elementales de la química, que una disolución homeopática no contiene ni una sola molécula del principio activo, por lo que no se está ingiriendo agente sanador alguno. Por último, los estudios clínicos realizados no muestran un porcentaje de curaciones superior al que cabe esperar del efecto placebo y la sanación espontánea. Es decir, no se curan más pacientes que en un grupo de control al que únicamente se le suministra agua con azúcar.

Entendemos fácilmente porqué la medicina científica ha avanzado con pasos de gigante en las últimas décadas y la homeopatía sigue obteniendo los mismos dudosos resultados que hace 200 años, cuando se acuñó.

¿Qué me estás contando?

Debido a todo esto, es comprensible que un investigador no puede enviar a una publicación científica una hipótesis sin haber realizado los experimentos necesarios como para que pueda llegar a ser tomada en cuenta y que otros equipos decidan repetir la experimentación para contrastarla. Una publicación científica no ofrece una simple explicación, sino una explicación apoyada por los datos. Si enviáramos un artículo a cualquier revista con una interesante y plausible teoría sobre el origen de la célula procariótica, no pasaría de la mesa del editor a no ser que llevara una mochila expermiental considerable. Si además pretendemos desbancar todas las teorías físicas o biológicas vigentes con una idea feliz que se nos ocurrió el sábado por la noche, nos van a pedir toneladas de pruebas, las toneladas suficientes como para aplastar todas las evidencias que tenía la explicación a la que pretendemos relevar.

Habría pues que analizar si tanto alternativo que aboga por métodos de curación no oficiales, naturales y baratitos, exopolíticos que critican la ciencia oficial para abrazar la hermandad reptiliana del cosmos, diseñointeligentistas que consideran la selección natural como algo caduco y retrógrado y un sinfín de adalides de la revolución de la conciencia y el buenrollismo no están luchando, en realidad, por el retorno a métodos de conocimiento que no consiguieron ir más allá de las procesiones rogativas de lluvia.

Como muy bien indicaba el recientemente fallecido Christopher Hitchens, en una memorable frase que ha pasado a denominarse “La Navaja de Hitchens”, No olvidemos las elementales reglas de la lógica, según las cuales, explicaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias y lo que puede ser afirmado sin pruebas, puede ser rechazado sin pruebas.