viernes, 23 de marzo de 2012

Por poder ser, puede ser…

Extraido de: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/03/22/por-poder-ser-puede-ser/

Utilizar una herramienta suele requerir un periodo de aprendizaje directamente proporcional a la complejidad de la misma. Así, no resulta complicado aprender a usar un destornillador, pero cuesta un poco más manejar con soltura un osciloscopio. Lógicamente, algunas herramientas requieren un conocimiento teórico más elevado que otras: el destornillador únicamente precisa entender como funciona un tornillo, pero para usar el osciloscopio debemos saber de señales eléctricas, ondas y electrónica. Además de todo esto, para manejarlas con habilidad se precisa cierta práctica, también dependiente de la dificultad del utensilio y de la técnica empleada.

Con los instrumentos intelectuales ocurre exactamente lo mismo. Los niños no nacen sabiendo razonar, sino que es algo que aprenden con el tiempo y la práctica. De igual forma, la capacidad de formular una hipótesis válida no es algo innato, debe aprenderse mediante el estudio y la práctica.

Utilizando un ejemplo muy sencillo, podemos presentar el sigiente razonamiento: “Los perros tienen orejas, yo tengo orejas, luego yo soy un perro“. Obviamente, hasta un niño de cinco años detectará el error en el razonamiento, pero no por haber reconocido la falacia, sino porque hemos hecho trampa. Un niño -y el adulto más obtuso- saben que un perro no es un ser humano y que por lo tanto yo no puedo ser un perro. Con ello, invalidan el razonamiento por la evaluación directa de la conclusión final, no de las dos premisas anteriores.

Reformulemos el razonamiento y podremos comprobar que la detección no es tan fácil: “La energía solar que alcanza a los planetas exteriores no es suficiente como para mantener el agua en estado líquido, por lo que no pueden existir océanos de agua líquida en un planeta exterior“. Este segundo ejemplo es más complejo por las razones que esgrimíamos al hablar de las herramientas. Para comprender si este razonamiento es falaz o no, debemos saber utilizar el método, en este caso el razonamiento; deberíamos saber si el hecho de que el sol no caliente lo suficiente es un factor limitante para que pueda existir agua líquida. Es decir, debemos saber si la conclusión se desprende de la premisa. Pero aún antes de ésto, deberíamos asegurarnos de que la premisa es válida: todos sabemos que los perros y los humanos tienen orejas, pero ¿sabemos cuál es la temperatura de superficie de Plutón?

Una sencilla búsqueda nos muestra que si anduviéramos por el distante planeta enano nos encontraríamos nada menos que a -230 °C, lo que parece corroborar la premisa. Pero ahora viene la segunda parte: ¿es imprescindible una radiación solar elevada para que exista un océano de agua líquida?. De nuevo debemos recurrir a los conocimientos para poder evaluar el razonamiento, dado que a priori la premisa únicamente implica que la temperatura que proporciona la radiación solar no es suficiente para que el agua alcance el estado líquido, pero no que sea la única forma de obtener agua en estado líquido.

Y, efectivamente, pueden existir otros medios por los cuales el planeta podría calentarse, como una intensa actividad geológica o unas fuerzas de marea considerables. De hecho, es lo que ocurre en Europa, una de las lunas de Júpiter que parece poseer un enorme océano de agua líquida bajo su helada superficie, cuya temperatura ecuatorial se sitúa en unos -160 °C.

Armados pues con las herramientas y el conocimiento necesarios, podemos no solamente detectar un camelo o un error, sino continuar con una interesante discusión. Por el contrario, cuando el desconocimiento y la arrogancia nos impiden comprender que no sabemos usar un destornillador, nos liamos a golpes con el tornillo, destrozaremos la cabeza de éste y la punta de la herramienta. Pero eso sí, echaremos la culpa al sistema corrupto y a la carpintería “oficial” que nos engaña y manipula diciendo que con un destornillador puedes introducir un tornillo en un tablón de madera.

Puede parecer que este argumento es muy simplista y que nadie se deja llevar por tales errores, y aún menos utilizarlos para construir descabelladas y absurdas teorías que defender a capa y espada contra los oficialistas de mentes cerradas, los cuales solo creen en los dogmas científicos que les inculcan desde el poder. Sin embargo, tristemente ocurre, y es frecuente encontrar quien te argumente que existe un agujero en el Polo Norte porque los mapas de Google muestran un área negra sin cartografiar, o que una zona del cielo en la que no se ven estrellas se debe a que la NASA oculta con extraños y ultrasecretos aparatos la presencia de planeta gigante se acerca a destruir la Tierra.

Pues no, que haya una zona sin cartografiar en el Polo solo demuestra que hay una zona sin cartografiar en el Polo. Allí podría haber un elefante gigante, un agujero a las antípodas, una réplica de la Pirámide de Keops o lo que, por otro lado, muestran muchas otras fotografías y expediciones: hielo.

Esto nos lleva a otro gran error en la utilización de las herramientas racionales, y que suelo llamar el “es así porque puede serlo“. Se trata de un razonamiento infantil, posiblemente arraigado en nuestra especie como uno de los caracteres adaptativos de más valor y que resulta muy útil a la hora de preguntarnos por el funcionamiento de nuestro entorno, suponiendo la base de cualquier actividad investigadora.

Desde el principio de nuestra historia, el ser humano se ha hecho preguntas sobre el mundo que le rodea y ha tratado de responderlas. El cómo se responden y, sobre todo, la capacidad de predicción y manipulación que otorga la respuesta es algo muy importante para el avance y supervivencia, no solo del individuo, sino de toda la comunidad. Así, cuando las sociedades primitivas se preguntaron por la causa de la lluvia y dieron una explicación mitológica a la misma, comenzaron a realizar ceremonias para agradar a los dioses y atraer el preciado líquido del cielo.

Decimos que es un carácter altamente adaptativo porque, aunque sea por mero azar, encontrar una explicación a un fenómeno y poder influir en su funcionamiento es altamente útil. Imaginaros si hubiera sido verdad lo de los dioses y la lluvia: el problema de las sequías y las hambrunas se habráin resuelto hace miles de años, simplemente con unas buenas raciones de rezos.

El problema es que una explicación inventada puede ser cierta o falsa. Los dioses pueden hacer llover, pero también pueden hacerlo otra multitud de causas que nuestros ancestros no podrían ni llegar a imaginar. De esta forma, la herramienta de inventarse explicaciones es útil, pero poco eficiente. Afortunadamente, otros fenómenos eran más previsibles que la lluvia, y una observación detallada permitió alcanzar mayores éxitos. Las cíclicas crecidas del Nilo en el antiguo Egipto o la marcada estacionalidad de las regiones templadas, permitieron planificar una agricultura con unos resultados más que positivos.

Pero la revolución en cuanto a conocimiento y capacidad de manipular nuestro medio vino con una mejora considerable de la herramienta, que le proporcionó un componente extremadamente valioso: poder evaluar si la explicación dada tenía más o menos posibilidades de ser cierta. Esto permitió poner a prueba distintas alternativas, y avanzar sobre las que tenían mayores probabilidades de éxito. Así se dejaron de dar palos de ciego para construir caminos basados en la validación previa de una explicación, como punto de partida para la siguiente. La nueva estrategia, que permtió avanzar en pocos siglos mucho más que en decenas de miles de años se denominó «ciencia», y a la herramienta que utilizaba se la bautizó como «método científico».

Como todos, este nuevo utensilio tiene su forma de utilización, y debe hacerse correctamente, so pena de acabar dando martillazos con un destornillador. Básicamente, el método consiste en formular una posible explicación (hipótesis) para los hechos observados; pero lejos de quedarse ahí, debemos idear la manera de comprobar si esta explicación es inválida. Debemos ponera a prueba, de manera que si resiste las pruebas, podamos seguir por ese camino y si, por el contrario, los experimentos contradicen la hipótesis, la descartaremos y buscaremos una nueva.

Este sistema es utilísimo y nos ha permitido llegar a la Luna, curar enfermedades que ni conocíamos o comunicarnos con la otra punta del planeta de forma prácticamente inmediata. Sin embargo, también tiene sus limitaciones: de igual forma que un destornillador necesita un tornillo con una muesca en su cabeza y es impotente ante un tornillo plano, el método científico necesita hipótesis que puedan ser puestas a prueba. No puede trabajar con explicaciones incontrastables.

Así pues, la explicación “la longevidad de una persona depende de su signo del zodiaco” es perfectamente contrastable: podemos realizar un estudio estadístico en un número lo suficientemente grande de personas como para saber si existen diferencias significativas entre los nacidos bajo distinto signo. En caso afirmativo, seguiremos investigando por esa línea, tratando de explicar el porqué. En caso negativo, abandonaremos esa hipótesis y buscaremos otra que probar. La aplicación práctica de este método es indudable, dado que si la hipótesis nos resulta fiable (y será más fiable cuanto más datos y observaciones coincidan con ella), podríamos proponer a los padres que planificaran los nacimientos para las fechas más proclives a la longevidad. Obviamente, si hacemos tal cosa sin comprobar previamente la hipótesis, estamos haciendo el canelo, y seguiremos mueriendo sin saber porqué, aunque en plena autocomplaciencia.

Sin embargo, la hipótesis “hay un dragón invisible e indetectable en mi garaje” no puede ser abordada científicamente, no podemos ni comprobarla ni rechazarla. Puede que sea cierta, pero como no hay forma de saberlo, no podemos avanzar sobre ella. Basar nuestra forma de vida en una religión construida sobre el supuesto del dragón indetectable no resulta algo por lo que merezca la pena apostar, y tratar de sanar una enfermedad dispensando aliento invisible de dragón indetectable sería considerado como una temeridad por cualquier persona en su sano juicio.

Pues bien, aunque de nuevo parezca mentira, el error de quedarse en la primera fase del proceso es mucho más común de lo que sería deseable. Desgraciadamente, es muy frecuente enfrentarse a razonamientos que pretenden validar una explicación por el mero hecho de que “puede ser así”, sin comprobaciones posteriores. Como mucho, nuestro interlocutor lanzará el consabido “no se ha demostrado que no sea así, y si lo quieres negar, demuestra que es falso”.

Acabemos con un último ejemplo de este razonamiento erróneo: supongamos que nos preguntamos sobre la causa de la espondilitis anquilosante y nos inventamos una explicación; por ejemplo, que está producida por un desequilibrio de nuestra energía interna. En lugar de tratar de probar tal hipótesis, simplemente la damos por buena y seguimos avanzando, formulando un posible tratamiento: dado que sabemos que los imanes son capaces de orientar determinado tipo de partículas en una misma dirección, postulamos que la aplicación de unos imanes orientará los canales energéticos desequilibrados y mejorará la salud del enfermo. Ni cortos ni perezosos, nos ponemos manos a la obra y, de vez en cuando, algún paciente mejora. Ya está, damos por buena la técnica y la proclamamos a los cuatro vientos como un éxito de la medicina alternativa.

Gran error, que nos devuelve a los tiempos precientíficos, y nos condena a seguir acertando por mero azar. No hemos comprobado la premisa (no sabemos ni siquiera si existen esos canales de energía), hemos realizado un razonamiento falaz: que los imanes sean capaces de orientar partículas metálicas no significa que puedan orientar flujos energéticos que además desconocemos. Por último, el que algunos pacientes muestren mejoría no demuestra que la técnica funcione, a veces la espondilitis anquilosante remite espontáneamente, y deberíamos comprobar si el porcentaje de pacientes curados es significativamente superior a un conjunto similar tratado con placebo.

Este método es antiguo, y lo hemos seguido durante milenios. No es inútil, ya que también ofrece resultados: a lo largo del tiempo, se van fijando las prácticas que dan una mejor respuesta, y así se han obtenido desde tiempo inmemorial remedios curativos como muchas plantas medicinales, masajes terapéuticos, etc. El problema es que, al no basarse en un conocimiento real, resulta muy difícil avanzar una vez que por causalidad hemos obtenido buenos resultados. Por otro lado, el avance es lentísimo, consistiendo únicamente en el relevo paulatino de aquellos métodos que parecen dar mejores frutos. Esto explica que la medicina, la biología o la física haya avanzado en los últimos 300 años más que en los 30.000 anteriores, mientras que la homeopatía, la astrología o el reiki siguen en el mismo estado que cuando fueron inventadas.

Por ello, seguiremos insistiendo: para que algo sea cierto no basta con que sea posible. No se trata de abrir la mente, sino de no perder un tiempo muy valioso. Podría existir una tetera orbitando Plutón, pero si no hay forma de comprobarlo, estaríamos intentando atornillar un tirafondo con la cabeza plana…

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