jueves, 10 de mayo de 2012

Posible, plausible y la tetera de Russell

Extraido de: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/05/09/posible-plausible-y-la-tetera-de-russell/

Hace poco conversaba con un conocido sobre la vida después de la muerte. Yo argumentaba que, al ser incapaz de saber si existe algo después de la vida, no me atrevo a confiar en la realidad de un más allá. Por otro lado, no tengo prueba alguna de que no exista la trascendencia a la muerte, pero tampoco tengo ninguna de que pueda existir un paraíso post-infarto. Prefiero -le dije- disfrutar y trabajar por mejorar esta vida, que es la única de la que estoy seguro de su existencia.
«Tu problema es que eres un incrédulo», me espetó. «Tu mismo has dicho que no hay pruebas de que todo se acabe con la muerte, por lo tanto, es posible que sí haya una vida más allá. ¿Qué daño hace creer en ella?» Mi respuesta, a lo Tim Minchin, fue tajante: «porque no sirve para nada, de igual forma que no sirve para nada creer que el espíritu de Elvis está orbitando Beta Carinae, salvo para idiotizarte y destrozar tu vida».
Dado que le faltaba poco para montar en cólera y acusarme de quemar a Galileo, le aclaré un poco más mi postura intentando suavizar el tono.


Posibilidad y plausibilidad
Hay infinidad de cosas que pueden ser posibles, pero no tantas que puedan llegar a ser plausibles. La diferencia es importante. Según la Real Academia de la Lengua, «posible» es todo aquello que puede ser o suceder. Con nuestros conocimientos actuales, prácticamente cualquier cosa que se nos ocurra es posible, siempre que no viole las leyes de la física. Y aún así, podríamos especular con la existencia de zonas desconocidas de nuestro universo o de otros universos paralelos donde las leyes físicas que conocemos no operen de la misma forma.
Resulta pues posible la existencia de civilizaciones extraterrestres formadas por hongos inteligentes a millones de años luz de nosotros, canales energéticos indetectables y manipulables por oscuros iniciados en un arte sanatorio milenario, diseñadores inteligentes que programaron las condiciones idóneas para que surgiera y evolucionara la vida, o todo un universo inobservable de espíritus energéticos hacia donde se dirige nuestra consciencia trasmutada después de morir  ¿por qué no?

Cualquier cosa sobre la que no podamos demostrar inequívocamente su inexistencia es posible. Sin necesidad de salir de nuestra propia realidad, sería posible la existencia del monstruo del Lago Ness, de Godzilla y hasta de Supermán. Que jamás los hayamos visto y que no haya ni una sola prueba de ellos no demuestra su inexistencia. Sin embargo, a nadie se le ocurriría enseñar Nessiología, Godzillología o Antropología de Kriptón en una universidad, gastar millones de dólares en blindar la costa asiática ante posibles ataques del lagarto gigante o dedicar subvenciones millonarias a fabricar kriptonita por si acaso el superhombre de la capa roja invierte repentinamente sus valores morales.
Y no lo hacemos por mera utilidad. Posiblemente obtendremos mayor beneficio si protegemos el sudeste asiático frente a terremotos, maremotos y tifones que frente a Godzilla. Cabe esperar que salvemos más vidas investigando remedios contra el SIDA o contra el cáncer que sintetizando kriptonita. Se trata de una simple cuestión de probabilidad. No todo lo posible es igual de probable o, dicho de otra forma, no todo lo posible es plausible.

Volviendo a la RAE, plausible significa «atendible, admisible, recomendable» (además de merecedor de aplausos, que es su primera acepción). Obviamente, no todas las posibilidades son igual de admisibles o dignas de atención y en un sistema donde los recursos son limitados, las prioridades deben tomarse precisamente en función de estas consideraciones probabilísticas.
A esto me refiero exactamente cuando afirmo que creer en el más allá no sirve para nada. No puedo trabajar con la idea del más allá, por posible que sea. No tengo herramientas para avanzar en el conocimiento, ni para sacar partido de su existencia, ni para diseñar hipótesis que pueda contrastar. Si dedico mi vida a buscar espíritus, tengo muchísimas papeletas para no haber avanzado un ápice cuando llegue el momento de besar la tierra. Es más, por la experiencia histórica que tenemos, todo lo que haga servirá de poco a las generaciones futuras. No obstante, cada uno puede dedicar su vida a lo que más le plazca, por inútil que pueda ser.

Otra cosa que ya representa un completo absurdo es creer ciegamente en ello por el simple hecho de que sea posible. Puedo respetar el que alguien crea hablar todas las noches con el espíritu de Elvis (aunque no le confiaría a mis hijos durante unas vacaciones), pero lo que no estoy dispuesto a tolerar es que me llamen fundamentalista, dogmático y «mente cerrada» por no creer a pies juntillas tan poco fundamentada afirmación. Es más, estoy en mi derecho de expresar que tal creencia es una mera invención sin base alguna.

Criterios de utilidad y demarcación
Ahora bien, cualquiera puede equivocarse de camino. Resulta evidente que necesitamos un criterio que nos permita diferenciar entre que opciones tienen más probabilidades de dar frutos. Debemos optimizar esfuerzos con la intención de no estar haciéndonos las mismas preguntas durante siglos. Los antiguos griegos pensaron en la probabilidad de que la Tierra se moviera alrededor del Sol, y trabajando en esa dirección hemos llegado hasta los confines del Sistema Solar tras visitar todos nuestros planetas vecinos. Por el contrario, también se preguntaron sobre si lo que percibimos es la realidad o sólo una sombría interpretación que de ella hacen nuestros sentidos, incapaces de ver más allá; más de veinte siglos después, seguimos preguntándonos exactamente lo mismo.
La diferencia fundamental está en la contrastabilidad de la hipótesis o, lo que es lo mismo, en la capacidad que tenemos de poder invalidarla (falsarla) o comprobarla (verificarla). Si una hipótesis es infalsabe e inverificable, no podemos utilizarla para avanzar en nuestro conocimiento, dado que estamos condenados a permanecer eternamente en la pregunta.

 Esto no quiere decir que toda hipótesis pueda ser contrastada en un tiempo razonable. Podemos postular la existencia del monstruo del Lago Ness (algo infalsable pero verificable) o que todos los cuerpos que orbitan una estrella son esféricos (algo inverificable, pero falsable).  En el primer caso, bastaría con capturar a un pleisosaurio en el lago escocés para verificar la hipótesis; en el segundo, bastaría con encontrar un cuerpo no esférico para refutarla. En ambos casos habríamos avanzado: sabríamos que al menos un pleisosaurio llegó hasta el siglo XXI y en el segundo, que existen cuerpos no esféricos orbitando estrellas.

Pero, ¿que ocurre cuando no encontramos ni monstruos ni cuerpos irregulares dando vueltas al sol? También en este caso ambas hipótesis tienen utilidad: cuando más tiempo pase sin poder verificar una hipótesis o sin poder falsar otra, más nos inclinaremos hacia la hipótesis alternativa. De hecho, sabemos que hay cuerpos irregulares orbitando estrellas, porque hemos falsado la segunda hipótesis en numerosas ocasiones. También sabemos que es muy poco probable que exista un pleisosaurio en el Lago Ness, porque tras décadas de exhaustivas búsquedas no hemos sido capaces de encontrar no ya un monstruo, sino ni un solo rastro o avistamiento fiable.
Nadie en su sano juicio tacharía de dogmático o de materialista a quien afirme que cuerpos irregulares orbitan el Sol, o al que dude de la existencia del monstruo del Lago Ness. Es evidente que, en 2012, la existencia de Nessie es posible, pero poco plausible. Siempre, claro, que no se hagan trampas; alguien podría argumentar: «Nessie existe, porque nadie ha demostrado lo contrario». Pero se trataría de un razonamiento falaz, dado que es imposible demostrar que el monstruo del Lago Ness no exista.

El problema viene cuando la hipótesis no es ni falsable ni verificable. Por ejemplo, la existencia de una deidad indetectable que no interviene en el mundo real. Por muchos siglos que transcurran, seremos incapaces de verificarla, dado que en la propia definición se constata tal imposibilidad y, por lo tanto, el paso del tiempo no representa un argumento en contra. Tampoco podemos pretender falsarla, dado que es imposible diseñar un experimento o una observación que la refute. A todas luces, la hipótesis de una deidad indetectable que no interviene en el mundo real es inútil. No sirve para avanzar en el conocimiento, nunca podremos estar más seguros de su veracidad que de su falsedad y jamás sacaremos ningún provecho de ella.
Obviamente, en este caso sería igual de absurdo empecinarse tanto en su existencia como en su no existencia. Simplemente, es un asunto que no puede considerarse, de igual forma que no puede considerarse la presencia de un universo de hongos inteligentes formado por antimateria y situado espacialmente de tal forma que jamás pueda intercambiar información con el nuestro. Por poder, podemos creer en ello, pero deberíamos entender entonces que lo normal es que la gente dudara de nuestra convicción.

El filósofo Beltran Russell, que a juzgar por su aferro a la vida (vivió 97 años), no debía confiar mucho en el más allá, acuño en 1952 una analogía para ilustrar el hecho de que no corresponde al escéptico refutar las hipótesis infalsables de la religión, y que sirve perfectamente para todo tipo de hipótesis posibles pero no plausibles. Russel decía que nadie podría refutar su afirmación de que una tetera lo suficientemente pequeña como para no poder ser observada por los telescopios más potentes, gira alrededor del Sol en una órbita elíptica situada entre Marte y la Tierra. Pero -continuaba el filósofo- si afirmara que dudar de su existencia supone una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana puesto que la afirmación no puede ser refutada, la gente pensaría que estaba diciendo tonterías. Sin embargo, si la tetera fuera mencionada en libros antiguos, enseñada cada domingo como verdad sagrada e instalada en la mente de los niños en la escuela, la duda sobre su existencia sería condenada con la hoguera o el psicoanalista, dependiendo de la época.
De aquí se deriva un problema importante. Alguien puede creer ciegamente en el monstruo del Lago Ness, en los hongos de antimateria o en dioses esquivos. Salvo a su propia inteligencia, no hace daño a nadie. Sin embargo, tratar de imponer esa creencia a los demás escapa de la libertad individual para adentrarse en el adoctrinamiento irracional, en la alienación y en el oscurantismo.
En “El capellán del diablo”, Richard Dawkins refleja perfectamente este peligro, haciendo referencia precisamente a la tetera de Russel:

“La razón por la que la religión organizada merece hostilidad abierta es que, a diferencia de la creencia en la tetera de Russell, la religión es poderosa, influyente, exenta de impuestos y se la inculca sistemáticamente a niños que son demasiado pequeños como para defenderse. Nadie empuja a los niños a pasar sus años de formación memorizando libros locos sobre teteras. Las escuelas subvencionadas por el gobierno no excluyen a los niños cuyos padres prefieren teteras de forma equivocada. Los creyentes en las teteras no lapidan a los no creyentes en las teteras, a los apóstatas de las teteras y a los blasfemos de las teteras. Las madres no advierten a sus hijos en contra de casarse con infieles que creen en tres teteras en lugar de en una sola. La gente que echa primero la leche no da palos en las rodillas a los que echan primero el té.”

Por eso, concluí mi charla, no debemos creer ciegamente en las afirmaciones incontrastables; por eso sí hace daño, mucho daño, creer en determinadas cosas. Por eso debemos luchar contra la ignorancia y la irracionalidad, contra la imposición de mitos y leyendas. Por eso es peligroso y dañino ser condescendientes con la religión, la homeopatía, el reiki o la astrología. La libertad no se defiende dejando imponer teteras en las mentes infantiles, sino impidiendo que la superstición y la irracionalidad nos arrebaten el libre albedrío.

Mi amigo no respondió. No tengo claro si le había convencido o lo que conseguí fue dejarle completamente dormido…

1 comentario:

julio historia de exito dijo...

Yo prefiero pensar que si hay vida despues de la muerte para que asi mi vida sea menos dolorosa